Mostrando entradas con la etiqueta Literarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literarios. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de diciembre de 2023

2



Juan llega al bar temprano y se sienta en una mesa al lado del ventanal que tiene vista a la calle.

Me parece que vine varias veces a reuniones laborales aquí, incluso a una cita, piensa.

¿Cómo se llamaba?, piensa.

Victoria, creo. Y también a una reunión política, piensa.

Un bar del centro habría sido mejor, piensa.

Pero bueno, se nota la visión de alguien que vive cerca de un corredor turístico; si yo viviera por aquí también aprovecharía de estos bares y restaurantes, porque objetivamente son más tranquilos, limpios, y ordenados; la belleza debe tener algo que ver con el orden, con las proporciones, piensa; qué buena vida sería si viviera por aquí, piensa.

Esta zona también debe estar llena de gimnasios caros, piensa; porque ve la gente que corre por los canteros de la avenida y recuerda que unas cuadras antes había visto un gimnasio todo vidriado, donde la gente corría sobre cintas, y piensa si la gente del gimnasio no cruzará miradas con la gente que corre por los canteros, y si no sentirán vergüenza, o si serán indiferentes ante la mirada de los demás, porque te ven corriendo en vidrieras, expuestos, piensa.

En ese instante ve que Sofia sube por las escaleras, y no puede creer que llegó a las ocho de la mañana, como habían quedado, y le dice al mozo que se acerca a tomarle el pedido, que espere, porque todavía no va ordenar, que va esperar que su amiga vea la carta; y el mozo no alcanza a responderle, pero ve que Sofia entra, y que saluda a Juan, y se da cuenta que es la chica que espera, y mientras ella se sienta les dice que vean la carta tranquilos, que lo llamen cuando estén listos para ordenar.

—¿Pediste algo? —le pregunta Sofía, y toma la carta del bar, como si la desconociera.

—No… Te estaba esperando. Ni siquiera vi la carta —dice Juan.

—Gracias… —dice Sofia, como si le agradara el gesto.

”¿Vos desayunás fuerte a la mañana?

”Yo desayuno como una glotona, así que no te asustes —dice, para prevenir comentarios sobre ese tema.

—Normal.

”En mi casa casi siempre desayuno lo mismo, y casi siempre desayuno en mi casa, porque soy de los que no funcionan sin café.

”No puedo salir de mi casa sin café.

”Primero café, después existo.

—¿Ah sí? ¿Y qué café tomás? ¿De cápsulas?

—¡Nooo…! —le dice Juan, como si Sofia hubiese dicho un sacrilegio, pero rápidamente cambia los gestos.

”Tengo cafetera italiana y prensa francesa —dice Juan, y aunque sabe que va quedar como un presumido, continúa—, y a veces muelo café, y a veces uso el molido de bolsa, pero puro, de diferentes marcas, para no cansarme.

—Yo no sé nada de café —le dice Sofía, como si hubiese quedado azorada.

”En Córdoba tomaba mucho café, pero de esos que vienen en frasco.

—¿Los instantáneos? —dice Juan.

—Sí… Pero desde que me mudé aquí, si desayuno en mi casa, lo prepara mi mamá. Con cafetera eléctrica lo hace.

”En el negocio, si no me queda otra, me preparo café instantáneo, pero si no, vengo a esta cafetería, y a veces pido desayunos de un bar que está cerca del negocio.

”No soy hábil para preparar desayunos —le dice, como si lo estuviera previniendo de algo—, ni para nada que se haga en la cocina.

”Me despierto y tengo que hacer algo, cualquier cosa, pero no desayunar.

”Antes, cuando estudiaba, tomaba mates, hasta que mi compañera se levantaba y hacia algo.

”Ahora, cuando voy al gimnasio, voy sin desayunar.

—Bueno, yo también. Por eso dejé de ir —le dice Juan, y ambos se ríen, porque saben que no es cierto.

—¿Te parece bien esta promoción? —le pregunta Sofía, señalando en el menú una oferta para compartir, que incluye la opción de café con leche, mate, o té; con pan de campo, mermelada de arándanos o durazno, queso untable, y jugo exprimido de naranja.

Juan analiza la opción, y aunque sabe que va aceptar, porque no va a contradecir a Sofia por un tema así, igualmente simula analizar; imagina que podría disentir, que podría elegir otra cosa.

¿A esto le llama desayunar fuerte?, piensa. Porque es lo mismo que yo desayuno todos los días; aunque claro, no todos los días tengo mermelada de arándanos, ni pan casero, piensa.

—Está perfecto.

”Me gusta la mermelada de arándanos —le contesta.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

1


1

Esta vez Sofia Morante es la primera clienta en llegar al gimnasio.

Lleva un bolso deportivo, no deja el bolso en un casillero, como lo harían los demás, lo lleva encima, y va directamente hasta el final del salón.

Saca del bolso una toalla de mano, una botella de agua, y un teléfono celular. En esa maniobra deja caer un libro, y aunque el libro es un bien inútil para este momento, no le da importancia, y lo pone al lado de sus otras cosas.

Mira a José, un entrenador, para que le dé indicaciones, y aunque ya sabe que le va decir que tiene que hacer calentamientos, espera que este se acerque y la salude.

Vamos, no tengo todo el día, piensa; pero espera que José termine de acomodar cosas y que se acerque. Mientras tanto revisa su celular, y mira como terminó el chat con Pedro.

Pedro es un tipo que Sofia conoció en el gimnasio, y ahora ella lo considera su mejor amigo, entre otras cosas porque es europeo, músico, gay, y la gente con estos enfoques le agradan.

“Salgamos mañana a la noche, tengo un amigo dueño de un restaurante que te quiero presentar”, dice el mensaje de Pedro.

Sofia piensa qué contestarle, porque cree que es muy temprano para aceptar; duda si al terminar el día laboral tendrá ganas, porque si bien quiere conocer gente nueva, candidatos, en este momento no le gusta nadie.

“Dame hasta media tarde que te confirmo, pero casi seguro que sí”, le contesta.

Luego se acerca José y la saluda con un beso.

—¿Te caíste de la cama? —le pregunta José, haciendo alusión a que no es habitual que llegue tan temprano.

—Sí —dice Sofia, y piensa si se le nota la cara de sueño, o si está dando alguna impresión de ansiedad o de preocupación, porque lo va a negar en caso de que le pregunten, pero José se limita a indicarle los calentamientos y la serie de los primeros cuatro ejercicios.

Sofia toma mancuernas y las levanta hasta la altura de los hombros, y escucha que una compañera le está diciendo que el profesor está bueno, que va estudiar para sacarse un diez, o que mejor va desaprobar así lo puedo ver más tiempo, y ella le dice que se calle, que no la deja escuchar lo que dice.

—Ya hice hombros —le dice a José, sabiendo que este la mira con altura cuando le pide que le recuerde indicaciones, y que le molesta que no retenga indicaciones, pero no se va enojar, piensa; y le gusta molestarlo.

—Glúteos —le dice José, a secas, y la mira serio, mientras Sofia se le ríe.

¿Y qué será la vida de la loca esa? No me escribió más, piensa. Parece que le debe ir bien, porque nada le costaba, era aplicada hasta para salir de fiesta, piensa.

Veinte minutos después llega Juan Moreira.

Durante ese lapso en el gimnasio ya hay más de diez personas.

Juan saluda a los entrenadores, observa al resto de la gente, y se dirige a un espacio cercano a Sofia.

Hace tiempo que Juan busca acercarse a Sofia, porque le gusta, pero hasta el momento nunca pudo concretar más que saludos, y a veces ni eso; Sofia no conversa con nadie; solamente conversaba con Pedro, pero este dejó de ir a entrenar durante la mañana.

Juan termina de calentar y espera que José se acerque. En ese momento ve el libro que Sofia dejó afuera del bolso, pero no sabe que le pertenece. Quiere leer el título, pero no puede porque está cubierto por el celular, solo ve una figura humana, sin rostro.

Unos minutos más tarde, mientras entrena, se da cuenta que el libro es de Sofia cuando ella se acerca a revisar el celular.

En esta época, en los gimnasios, como casi en cualquier lugar, la gente revisa constantemente el celular. Juan sabe eso, y él también lo hace, pero, ¿hacerlo en el gimnasio? Este tema lo irrita. Piensa que es por un criterio racional, pero prefiere olvidar que adquirió esta idea higiénica despues de que una chica lo reprendiera porque él le escribía mientras estaba en el gimnasio. Desde ese momento, todas las actitudes con el celular en el gimnasio le parecen mal.

Hoy una chica atendió una llamada, y parloteó como media hora en voz alta; hoy un chico hacía una serie con pesas, y después revisaba el celular, cuatro repeticiones, y cuatro revisiones del celular, ¿podés creer?, les decía a sus amigos.

Hoy vi una chica haciendo abdominales: ¡mientras usaba el celular!, esa era su anécdota favorita, y hacía gestos de dolor de cabeza cuando la contaba; sin embargo, esta vez no puede parar de mirar a Sofia.

La mira embelesado; elige creer que podrían tener algo en común, y no recuerda su prejuicio higiénico, solamente intenta no quedar como un baboso, que no se dé cuenta, piensa

Piensa que podría hacerle preguntas sobre el libro, que sería un buen rompehielos, pero no sabe cómo hacerlo, Sofia no lo mira.

Espera que haya un cruce de miradas, que surja alguna pregunta sobre mancuernas, colchonetas, desea que intervenga el entrenador haciendo algún comentario y él pueda sumarse, pero no sucede nada. Así que, cuando Sofia termina su entrenamiento y recoge sus cosas para marcharse, piensa que ya perdió la oportunidad, y sigue enfocado en el entrenamiento.

Después de unos quince minutos, Juan también termina su rutina, y empieza a marcharse, pero cuando pasa por los vestuarios casi choca contra Sofia, que sale de las duchas.

—Perdón —le dice Juan, y ve que ella le sonríe. Intenta seguir su camino, pero la ve tan bonita con su pelo mojado y oscurecido, que en cuestión de microsegundos, piensa: es ahora.

—Vi que tenías un libro. ¿Qué estás leyendo? —le pregunta Juan.

—Sí, es un libro de... —ella le menciona el nombre del autor, pero Juan lo olvida al instante.

—Ah... ¿de dónde es el autor? —pregunta Juan.

—Es... —Sofia tiene que pensar la respuesta— norteamericano creo, no sé muy bien —le dice Sofia, con gesto de resignación.

—Ah... ¿Es novela romántica? —le pregunta Juan, y antes que ella le conteste piensa que esa será su última pregunta, porque ya no sabe que más decir.

—No. Es un libro sobre regresiones, vidas pasadas —responde Sofia, con la lentitud de quien no sabe cómo categorizar lo que lee, pero si sabe su utilidad.

—Ah... espiritualidad, autoayuda… —dice Juan, y Sofia asiente con sonrisa de compromiso, pero ya no le contesta— Bueno, después contame si te gustó, que estés bien —finaliza Juan.

—Dale, vos también —le dice Sofia, y se despiden.

Juan camina para volver a su casa, se siente alegre, y tonto; sabe que los momentos más felices de sus días son cuando la ve en el gimnasio, y le parece tan ridículo, le da vergüenza, porque siempre se entusiasma con alguien, pero así también la pierde.

Nunca hay una razón para que me guste alguien, simplemente me gustan, pero el tema es saber hablarle, piensa; ojalá pudiera hablar de cualquier tema, sin que sea algo interesante, o inteligente, así como hacen los demás, piensa.

Vidas pasadas, vidas pasadas, piensa, porque yo no creo en la reencarnación, y aunque ya se que la gente lee esa literatura cada vez más, me sorprende que Sofia lo haga. Cuando era indiferente a las creencias espirituales y religiosas, sí, que se yo, tampoco soy un fanático, pero las creencias son relevantes.

Sobre todo porque creer en astrología, en supersticiones, en indigenismos, no es lo mismo que tener religión, piensa; creer un poco en todo, sin compromiso ni coherencia, es para andar a los tumbos por la vida, piensa.

Juan quiere hacerse un perfil de Sofia; piensa que por alguna razón debe leer esa literatura, porque le parece un nivel avanzado de creencias; pero casi nadie se levanta a las seis treinta de la mañana para entrenar, salvo la gente comprometida con el cuerpo y llena de ocupaciones, y eso es muy católico, piensa; e intenta recordar la portada del libro para buscarlo en internet, pero el nombre del autor no le suena, y no encuentra nada, y entonces navega por la aplicación de mensajes, luego vuelve a buscar libros de autoayuda, espiritualidad, pero las portadas le resultan parecidas, entonces abre los periódicos, redes sociales, y así llega a su casa.

Mientras tanto Sofia sigue conduciendo su automóvil y chequea si tiene mensajes en el celular, porque en el primer semáforo del camino le escribió a su madre para consultar si la esperaba a desayunar.

Si no me contesta en un minuto voy directo al negocio, piensa; y se pregunta si no viene haciendo eso bastante seguido, y si por eso no estará dando la impresión de estar demasiado comprometida con el negocio; si los empleados se preguntarán que desconfía de ellos; si en realidad no están esperando que venda el negocio; si es hora de cambiar de abogado, porque el viejo no le gusta, aunque haya sido amigo de su padre; si se hará realidad la prevención de que los trámites sucesorios duran mucho tiempo; pero busca tranquilizarse pensando que su papá haría esto, resolver este tema, ocuparse de todo, seguir adelante, y piensa que no puede desatenderlo, y se angustia, pero recuerda que juró que no iba a llorar, aunque tenga que mantener la apariencia de que todo es momentáneo; porque algún día la gente se va cansar de preguntar si va a retomar los estudios, si va a volver a Córdoba, si seguirá el camino que parecía destinado para ella.

Quizás sea momento de anunciar que la cosa se va a poner aún más seria, piensa; porque no creo que algo vaya a cambiar, probablemente sea lo que haga toda la vida, piensa: atender proveedores, ir al contador, ir al banco, atender al público, visitar abogados.

Y con el tiempo podré reconocer una pieza de ferretería a metros de distancia, piensa; mientras conduce su auto, y suspira, y quiere dejar de pensar.

Esta vieja ya no me va contestar, y voy a tener que ir a desayunar al negocio, piensa.

EL BICHO

Juan sigue con los ojos abiertos, mientras piensa en Sofia, en el cigarrillo redentor, porque estuvo bien en inventarse una historia para escapar de la situación, y que ella lo imitara, y que por eso se quedaran hablando; estas situaciones no se pueden prever, si lo planeas no te sale, piensa. Entonces algo le llama la atención, escucha un ruido en la cocina, ¿será Madona?, no creo, piensa, porque hace días que Madona está en la casa de su padre, pero sigue escuchando algo, es como si Madona se estuviera relamiendo los pies, y tiene ganas de retarla, como lo hace siempre, pero piensa que si hace eso actuaría como loco. Entonces escucha que algo viene trotando por el pasillo del comedor hasta el dormitorio, da un salto y se sube a su cama, no es un perro, es un bicho que se acerca acechando, pone su hocico cerca de su cara, pero no le muestra los dientes ni le gruñe, solo lo mira a los ojos. Juan intenta gritar, porque está aterrorizado, pero solo puede hacer sonidos guturales, porque no se puede mover, y piensa que si se mueve el bicho lo va a matar, pero el bicho empieza a dar vueltas sobre su eje y se acuesta, a los pies de Juan, que por el momento piensa que es libre al elegir no moverse, piensa que lo decide, pero luego se da cuenta que no, que está paralizado. Tranquilo, es un sueño, es un sueño, repite, y mira hacia el techo, haciendo de cuenta de que el bicho no está ahí, reza, ¿qué es esto, Señor?, dame las fuerzas para despertarme, dice en oración, pero no puede, y pierde la consciencia.



Al rato se vuelve a despertar, y nota que el bicho sigue a su lado, puede sentir su respiración, voltea la mirada y lo mira, y efectivamente está ahí, es negro, hace largas respiraciones, se infla y desinfla, pero no se mueve, parece que duerme, tiene el lomo pegado contra su espalda, entonces Juan se convence de que es un sueño, ya no tiene ganas de gritar, solamente quiere despertarse, para poder moverse y alcanzar la lámpara; intenta mover un brazo, hace fuerza, pero algo le parece extraño, porque, si es un sueño, ¿cómo es que todo está igual que en la vida real?, piensa, es su dormitorio, la lámpara del velador está ahí, la campana de la luz del techo está ahí, y sigue intentando alcanzar el velador, pero no puede, es inútil. Ahora recuerda como se llama lo que le pasa, le pasó muchas veces, se parece a un sueño pero no lo es, es una parálisis del sueño, piensa, dormir y de repente abrir los ojos, y ver todo lo que pasa alrededor sin poder moverse; le pasa cuando se corta la circulación de sangre en un brazo por dormir bocabajo; le pasó también cuando se cortó la circulación de sangre en una pierna porque se durmió con una laptop apoyada, pero todas esas veces, no vio nada raro, nada sobrenatural, ¿por qué ahora aparece un bicho?, no es normal, esta situación no se parece a ninguna anterior, o ¿será que el bicho es real y está ahí?, pero si es real, ¿cómo entró a la casa?; parece un león, piensa, pero seguro que no lo es, porque un león es otro bicho, y no es negro, pero a este bicho lo conozco, piensa, en algún lado lo vi, es real, existe en la vida real, pero no recuerda como se llama; piensa que cuando le pasa esto aprovecha para hacer ese pequeño movimiento que destraba la circulación, quizás abrir los ojos es una defensa consciente del cuerpo, piensa, sirve para destrabar algo, porque las veces anteriores hizo fuerza y logró darse vuelta, aliviar el brazo, o correr la laptop y despejar la pierna, pero ¿qué puedo hacer ahora?, no tengo nada obstruido, prender la lámpara, piensa, cuando la encienda el bicho se irá, piensa, y lo intenta, hasta que queda inconsciente de nuevo.


jueves, 29 de septiembre de 2022

LA GRADUACIÓN


     


     Fue una mañana nublada, probablemente, la única nublada de esa semana.

Llegué a ella con mucho café, entre medio de apuntes, luz artificial, y después de guitarrear con un compañero de casa, que se fue a dormir pidiéndome que lo imitara —quizás, porque estaba algo incrédulo de lo que iba a hacer. Ahora lo entiendo, porque, hasta las nueve de la mañana, solamente el bedel, yo, y un chico que había viajado del interior, nos habíamos tomado en serio eso de rendir la última materia.

Había un inscripto más, así que, cuando los profesores llegaron, dijeron que lo iban a esperar quince minutos. Mientras tanto, pidieron café —esos quince minutos se hicieron eternos, porque, aparentemente, tenían mucho para conversar—, y nos invitaron a esperar afuera.

Si no hubiese sido por la espera, Andrés y Juan, no me habrían visto ahí.

—¿Qué haces aquí? — me dijo Juan.

—Voy a rendir finanzas, boló —le dije en voz baja, y por la cara que puso tuve que repetirlo—. En serio te digo.

—Tas loco Luisito. Yo voy a cursarla de nuevo.

”Avisame. Vos podrías venir otra vez de oyente, y si hablás con los profes, capaz que te suman, rendís, y después te firman la libreta, como libre. Vos viste como es —después de eso se despidió.

—Bueno, vamos a ver cómo me sale esto. Gracias —le dije.

Luego lo vi a Andrés. Tuvimos una charla parecida, pero él, más optimista, me esperó hasta que nos llamaron a rendir —después de eso sé que se fue a comprar harina y huevos, y a conseguir gente para darme una paliza, pero solamente consiguió a su novia.

Cuando salí, me estaban esperando, pero como no les daba la fuerza para dejarme un enchastre, solamente me abrazaron, reímos, y nos fuimos caminando por el pasillo.

Andrés me abrazaba y le decía a los que saludaba: "se recibió con finanzas". Estaba orgulloso.

Por mis condiciones subjetivas de ese momento no quise avisarle casi a nadie. Quería hacerlo como un trámite más. ¿Por qué? Quizá porque iba hacer algo que no se hace, y me daba miedo. También tenía vergüenza de que si me iba mal todos me iban a decir: “¿ves?, esa materia no se rinde libre”, y se sumaba la ridícula vergüenza de haber desaprobado una materia por promoción —que es la manera como se aprueba esa materia—, quizás por distraerme un poco con la vida.

Lo bueno fue recibirse, y todo lo que vino después; lo malo —aunque no estoy seguro—, es que lo asumía como una carrera —contra mí, pero no por eso, menos competitiva.

miércoles, 28 de septiembre de 2022

LLUVIA Y SECRETOS



Menos mal que empezó a llover. Esta época del año puede convertirse en un verdadero fastidio, si de tanto en tanto, no cae una buena lluvia.

Con razón mis amigos ayer le daban la bienvenida a la lluvia —se expresaron muchas cosas en ese grupo de WhatsApp, y ninguna fue tan unánime, como el agradecimiento a la lluvia—: porque sin lluvia no se puede vivir .

Sin buenas lluvias no hay salud, no hay cosechas, no se llenan los diques, y, —no menos importante—no se pueden apreciar los paisajes, con los colores vivos, típicos de esta época.

Por otro lado: ¡qué envidia! ¡qué lindo ver cómo florece la naturaleza! Ojalá nosotros fuéramos así.

Me acuerdo cuando vivíamos en Cabra Corral. Para esta época la lluvia solía llegar con tormentas eléctricas. “Porque los cerros tienen uranio, Segovia”—solía decir el viejo Pérez, con la arrogancia de un verdadero ‘chamuyero’. Ojalá esa gente, que, a mi juicio, es mala, no se aprovechase de la ignorancia de la gente. Ojalá les diese vergüenza engañar. Con lo lindo que es hablar al pedo, en tono de cuento, con intenciones de entretener, o hacer pensar, pero querer hacer creer mentiras… ¡uff! Eso me saca.

Estoy mirando el techo. Estoy en cama. Me siento bien. Pero me retraigo cuando pasan cosas que no entiendo. Me pongo a pensar. Por eso me acuerdo de los estafadores, y de la lluvia. De lo primero, porque tiene que ver con lo que no entiendo; de lo segundo, porque, con lo que pasó, me di cuenta que tengo que ser más agradecido. Así que, hasta que no entienda un poco lo que pasó, no me voy a levantar.

Hasta hace un rato no estaba en condiciones de trabajar. Quería ponerme a hacer una demanda, pero casi quedé duro frente a la computadora.

Tenía dolor de cuello y de cabeza, y era tan intenso que me había decidido por ir a comprar algún remedio —alguno de venta libre.

Lejos de querer saber por qué me sentía así, quería ocultarlo, quitármelo —y con cualquier método—, para ponerme a trabajar. Pero no hizo falta comprar nada: conseguí unas píldoras gratis, y recibí una especie de curación, también gratis —por lo menos, por ahora.

Esto pasó cuando estaba yendo al kiosco. En la vereda me encontré con un vecino, de esos que —sin importar la época del año, o el momento del día—, siempre están barriendo.  Nos saludamos, y él aprovechó para ofrecerme bingos de la liga de fútbol, los cuales rechacé —porque me parece caro comprar pequeñas probabilidades.

Todo estaba listo para seguir, ya que no soy de esos que se andan victimizando, pero se me ocurrió contarle de mi dolor.

—¿Qué podría tomar para el dolor de cabeza? Me duele, sobre todo cuando muevo hacia la izquierda —le dije.

—¿Te duele solo la cabeza, o también el cuello? —me preguntó.

—Me duele también un poco el cuello. Sobre todo, cuando doblo. Y me suena. No sé. Siento como un crujido en el cuello

—Ah… ya. ¿Querés que te revise? —en ese momento mi cara debió ser de asombro, porque continuó— ¡Nooo! No tengas miedo Luisito. Mirá. Yo soy terapeuta, ya no ejerzo, pero trabajé con los changos de Central, y con los changos de mi club. Siempre me encargué de los golpes, torceduras y dolores.

‘Vení. Pasá.

 En ese momento no sabía cómo decirle que no. “Recién zafé de caer en la timba, y ahora estoy a punto de caer en el curanderismo”—pensé.

Una vez adentro, me invitó a tomar asiento, y pegó un grito para avisarle a su mujer no sé qué cosa sobre el perro, y para contarle que yo estaba ahí.

—Es Luisito, vieja. Le duele la cabeza. Lo voy a curar —gritó.

La señora de mi vecino me saludó desde el fondo, estaba con su mamá haciendo algo de jardinería, con lo cual me di cuenta, que, aparte de la viejita —la suegra de mi vecino—, todos en esa casa colaboran con el jardín.

Mientras permanecía sentado, mi vecino sacó una caja de plástico de los estantes del comedor, y de adentro de esa caja sacó un pedazo de madera con un piolín. Me dio un poco de miedo. Pero ya estaba resignado. 

“Seguramente va a darme un par de masajes en el cuello, y listo. Después voy a tener que confiar en los fármacos autorizados”— pensé. Aunque, finalmente, ni él me hizo masajes, ni yo utilicé ningún fármaco.

Mi vecino se puso detrás de mí, y con la madera y el piolín empezó a medir algo entre mi cuello y mi cabeza.

—Relajate Luisito. Estas con miedo, yo te voy a ayudar —y unos segundos después—. Listo. Ahora mové los brazos, el cuello, la cabeza, ¿duele algo?

En ese instante —ahora que lo pienso— estuve cien por ciento recuperado, pero le dije:

—Bien, bien. Me siento mucho mejor. ¿Qué fue lo que me hizo?

—Es secreto Luisito. Lo importante es que vas a estar bien. Si querés, para más seguridad, más tarde tomate un Tafirol —buscó otra vez en esos estantes del comedor, sacó un par de píldoras, y me las dio.

Al despedirme, me comentó que en el club de fútbol había recuperado muchos changos, que obviamente con los golpes no hay secretos, pero que, si se trataba de miedos o estrés, tenía este método.

viernes, 22 de julio de 2022

DESDE EL TIEMPO Y NINGUN LUGAR

La señora Tapia fue mi clienta en un juicio de extinción de condominio. Cuando ese juicio finalizó, intenté negociar con el otro condómino para comprar todo el inmueble, pero no tuve éxito; los condóminos tampoco querían aceptar ofertas de terceros, y no parecía conveniente para ninguno pedir una subasta (y esas eran las únicas opciones legales en ese momento), así que el asunto quedó sin resolverse (con una gran insatisfacción y angustia para mi clienta).

Un tiempo después entró en vigencia una nueva ley que reintroduce la licitación como forma de extinguir un condominio. Por lo cual, luego de estudiar el tema, advertí que podía ofrecerle esta opción a mi clienta, y estaba convencido de que aceptaría, porque su voluntad era adquirir el cien por cien de un inmueble que había pertenecido a un hermano.

Durante la feria de invierno estudié este tema, y planifiqué llamarla el primer día que volviese a trabajar, y así lo hice.

La señora Tapia estaba casi sorda, por eso cuando llamé a su casa, hablé con una nieta que tenía conocimiento de este asunto. Le expliqué que quería ofrecerle esta opción y que de esta forma iba a poder adquirir todo el inmueble, pero ella me contestó:

—Luis, mi abuela falleció hoy, a la mañana —y luego de un breve silencio, agregó—. Debe ser que ella te estuvo iluminando para que nos llames, ¿cómo sería, ahora, hacer esa cosa? ¿Quién lo puede hacer?

A continuación, mientras yo no podía dejar de mencionar mi asombro, mis condolencias y disculpas (por la inoportuna llamada), la nieta expresó que entendía la situación, y que no tenía de qué preocuparme, porque seguramente su madre iba a hacer lo que le indicaba, ya que era el deseo de su abuela, y por eso, no le extrañaba mi llamada.

Al día siguiente, incrédulo de la situación, busqué el aviso en los obituarios y en redes sociales.

Unos días después, en mis papeles de trabajo, una idea, de un tiempo trascendente, se empezó a concretar.

 

martes, 30 de diciembre de 2014

IDENTIDAD.

El fin de año me destinó a trabajar en un caso de derecho a la Identidad y como todo fin de año, los inevitables balances de experiencias vinieron a mí.

Fue una extraña sensación que primero no sabía cómo interpretar pero que luego relacioné con algo que me pasaba.

Todo comenzó con la elaboración de un recurso judicial, porque tuve que estudiar diferentes aspectos de este derecho para justificar las pretensiones de mi representada.

Aprendí por eso, que la identidad se constituye con un componente estático, conocido como la identidad genética, constituida por el patrimonio genético heredado de los progenitores biológicos, y un componente dinámico, que se forma con aspectos adquiridos como seres sociales que somos, y que podríamos llamarla identidad cultural, étnica, social, psicológica, etc.

Lo dinámico de la identidad fue lo que más me hizo pensar, porque al intentar justificar los derechos de mi clienta, recordaba cosas de mi propia vida. Cosas que había, escuchado, visto, gente con la que me había rodeado, lugares en los que había vivido,  y me daba cuenta de que formaban parte de mi identidad. Advertía que muchas de esas cosas, algunas más presentes y otras no tanto, son la causa de lo que quiero y de lo que no quiero ser. Son el justificativo al derecho a la autodeterminación de la identidad. Responden a preguntas existenciales.

Charlé con un amigo sobre la importancia de este aspecto y concluí que muchos de los que conocíamos estaban teniendo problemas de identidad.  Buscaban su identidad, renegaban de su identidad. Algunos no tenían problemas con su identidad, pero se encontraban en un momento en que los otros tenían problemas con ella.

Fue raro sentir eso. Porque en el balance de este año pasaron tantas cosas que yo hoy en el final no me siento igual a cuando lo comencé. Relaciones con personas, cosas y lugares transformaron mis modos de ser, estar, tener y hacer en el mundo.

domingo, 20 de julio de 2014

LOS ESPEJOS SIN LUZ









El día que instalaron los espejos en los baños de la oficina me di cuenta que iba poder salir de mi casa sin hacerme el nudo de la corbata. Desde entonces, llevé la corbata en el maletín.

No recuerdo en qué momento fue, pero un día llegué, y mientras estaba armando el nudo, me miré en el espejo, y me vi feo. Esa vez me observé por un largo rato. Intenté ver si el espejo estaba sucio o roto, sin llegar a una conclusión.

Al principio no le di importancia, porque durante el día podía mirarme en decenas de otros espejos. Hasta que un día una compañera me preguntó a qué se debía mi cara triste, y no le supe contestar. Yo no me sentía así. Negué sus acusaciones, pero fue inquietante. Esa vez entré a los baños de la oficina, ensayé algunas sonrisas, pero salí decepcionado, y en esa semana, todo me aludió a espejos.

Comencé a investigar. Acudí a sitios de rápida sabiduría. Constaté que nunca fueron simples objetos, porque estaban llenos de historias (mitologías, supersticiones, etc.). Por ejemplo, supe que a la imagen que reflejan se la ha identificado con el alma (de ahí que se diga que los vampiros, cuerpos sin alma, no se reflejan); también que se solían cubrir los espejos de una casa en los momentos previos al desenlace fatal de un moribundo (se decía que el alma del agonizante podía quedar encerrada en ellos); incluso, que fueron objetos tan extraños y valiosos que estuvieron entre los primeros intercambios que hicieron españoles e indios.

Después de esa semana tuve rechazo a los espejos, a todos; ni siquiera quería usarlos para peinarme. Consulté con amigos, pero a nadie le interesaba este tema. Hasta que un día, harto de mendigar opiniones, el portero del edificio me devolvió la ilusión. 

—Oiga —me dijo— si el espejo no está roto, ni sucio, solo quedan dos posibilidades: que usted sea como esos espejos lo muestran, o que, a esos espejos le falte luz. Porque los espejos sin luz no pueden reflejarnos —concluyó.

—Entonces soy feo nomás— le dije, haciéndome el gracioso. Pero él me miró decepcionado, y agregó:

—¿Sabe de qué luz estamos hablando? No es solo la luz física que sale de las lámparas, pero tampoco nada metafísico que se quiera imaginar. Me refiero a la luz como idea. ¿vio cuando dicen: “tal investigación hecho luz sobre tal tema”? No es porque alguien literalmente haya prendido una lámpara. Sino porque alguien ha sabido relacionar distintas evidencias para explicar otras. Unir, limitar, o enfrentar también. Le llaman luz, pero luz como idea. Por eso le digo: los espejos sin luz no pueden reflejarnos.

 

 

 

 

 

 

lunes, 3 de febrero de 2014

LA VIDA SIN SAL Y SIN AZÚCAR.

Empecé a andar por este camino por pura casualidad; pues, descubrí que la única forma que tenía de bajar esa barriga que se mantenía inmutable ante el ejercicio y las dietas, era dejar un poco la sal y el azúcar.

Al principio pensaba que con solo un poco alcanzaba, y mi objetivo no era dejar de consumirlas; entonces, le agregaba solo menos cantidad a las comidas, pero el sabor no me convencía. Menos sazonadores me generaban un desequilibrio en el paladar, una sensación de estar buscando sabores sabiendo que no los iba a encontrar. Así que decidí probar comer por completo las comidas sin sal y sin azúcar.

Cuando probé la carne sin sal, pensé: “ahora soy un verdadero carnívoro”. Sentí el gusto de la carne de novillo como nunca lo había sentido; el sabor era amargo, se sentía la sangre, y eso me hizo pensar. ¿Nuestros antepasados sentirían que la carne era un manjar, o esto fue después de agregarle sal? Hasta me imaginé siendo un cavernícola, y arrastrando un animal a mi cueva. Sangre, era la palabra clave.

El arroz me pareció pastoso. Me di cuenta que era un verdadero cereal, que venía de una planta, y que el sabor salado no tenía nada que ver con él.

Con mucha naturalidad tomé mates cebados, probé galletas, comí frutas y verduras, y todo me pareció rico. Claro, pensé: “estas cosas ya tienen sales o azúcar incorporada, las frutas sobre todo”.

Fue raro desayunar y tomar mate cocido sin azúcar, eso de cocer el mate es distinto a tomarlo cebado; le agregué leche, y fue más raro todavía.

Al café sin azúcar ya lo había probado. Una vez quería imitar a un profesor que lo tomaba amargo y que me decía: “el café con azúcar, es como tomar agua caliente”. El pensamiento que surgió, fue: “el café es más rico si no lo queman; amargo, no significa quemado”. 

                                                                                                       Continuará...




jueves, 12 de septiembre de 2013

MIENTRAS DUERMES...


Tengo la capacidad de soñar despierto. Nunca pensé que podía ser un problema, pero hoy me dijeron que me haga ver. Que podía estar enfermo.

En las noches, cuando duermo y sueño, puedo tomar  las riendas y provocar conscientemente lo que me va a pasar.

La primera vez que lo hice fue cuando tendría cuatro o cincos años. Yo iba de vacaciones a la casa de mi madrina que vivía en un barrio cerca de un cerro de la ciudad.

En el cerro había una pequeña casita, a la cual se accedía por un sendero estrecho, que comenzaba a metros de la casa de mi madrina. Ella siempre nos decía que nunca fuésemos allí, ya que ahí vivía una bruja. Esa expresión estimo fue para introducirnos ese miedo que suelen provocar los mayores para que los niños no hagan ciertas cosas.

Esa vez soñé que estaba jugando con mi amigo y que él me decía de ir a esa casita. Al principio recuerdo haberle dicho no, por el miedo que me provocaba. Pero después me di cuenta de que estaba soñando, así que fuimos.

En otra ocasión soñé que estaba en un día de tormenta, con rayos y relámpagos. En el sueño me acordé de una historia que me contaba mi papá. La historia de la hija de don Saso, quien murió carbonizada cuando un rayo le cayó cuando estaba descolgando la ropa del tendedero.

Mi papá siempre nos decía que debíamos cuidarnos en los días de tormenta, y no acercarnos a árboles, antenas, y a ningún objeto alto. Sino, decía, nos iba a pasar lo mismo que a la hija de don Saso. Esa vez decidí probar mi suerte y desobedecer. Fui y toqué unos alambres que habían cerca de un poste de luz…y obviamente me cayó un rayo.

Caí, quedé tendido e inmovilizado, pero estaba consciente.

En el suelo pensaba si había muerto o qué. Y concluí que de verdad había muerto, porque no me podía mover. Aunque no comprendía el hecho de que seguía consciente, pensaba que eso solo era mi consciencia, mi espíritu, suponía en ese tiempo. Entonces desperté y me puse a llorar.

Otras cosas extrañas que pasan cuando duermo, son esos adormecimientos de partes del cuerpo. Por ejemplo, si duermo y me aprieto una mano, me doy cuenta de eso. Y es como una pesadilla. Intento despertarme para darme vuelta, pero no puedo. Y no me queda otra que hacer un esfuerzo y dar un vuelco brusco de mi cuerpo. Mi mano se sacude como un trapo, porque está muerta, y no siente nada.

La última vez que me pasó fue en un viaje de colectivo, hace poco. Cuando me senté, puse mi valija sobre mis piernas, apoyé la cabeza en la ventanilla y me dormí.

Habrían pasado una decena de minutos cuando me di cuenta, ya dormido, que se habían adormecido mis piernas. Quería despertar y no podía. Hacia esfuerzos para abrir los ojos y no podía. Hasta que por fin logré abrirlos. Y vi lo que había a mi alrededor. Todavía seguía sin poder moverme y quería sacar la valija de sobre mis piernas. Lo hice moviéndome lentamente, a pesar de que tenias gana de gritar pidiendo ayuda.

Cuando pude recuperarme y moverme por entero, llamé por teléfono a una amiga, y le conté todo. Ella me dijo que tenía que hacerme chequeos e ir a un psicólogo. Me reí de lo último, porque como dije, me pasan esas cosas desde niño y nunca pensé que podían ser un problema.

Entonces empecé a preguntarme de donde vienen los sueños y que explicaciones le dan ciertas culturas y ciencias.

En mi pueblo la gente dice que cuando uno tiene una pesadilla es porque un duende se sienta sobre el pecho y no nos deja despertar. También dicen que son mensajes premonitorios de los que nos va a pasar.

La ciencia dice que los sueños son el resultado de una actividad cerebral, que no es cierto que el cerebro trabaje menos cuando dormimos, sino que incluso trabaja más, y cumple funciones específicas que hacen posible la regeneración, el descanso. Y que todos necesitamos dormir. Que podríamos enloquecer si no lo hacemos e incluso morir.

Algo que a mí me llama mucho la atención es la conexión mente-cuerpo en el sueño. Es igual que al estar despierto. Y me ha pasado de despertarme transpirado, asustado, llorando y otras cosas más. 


Hay un hermoso fragmento de Hermann Hesse, que dice:

"No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos viven tan irrealmente; porque creen que las imágenes exteriores son la realidad  y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. (...)"

También quisiera transcribir el origen de uno de los personajes del cine más famosos, que aparece en los sueños: Freddy Krueger.

Según Wes Craven, director y guionista de la película A Nightmare on Elm Street (1984), el personaje Freddy Krueger estuvo inspirado en tres artículos que leyó en el periódico Los Angeles Times. 

En dichos artículos, se narraba cómo unas personas que vivían en el sudeste de Asia murieron mientras tenían unas pesadillas. Una de las víctimas era el hijo de un ingeniero, que se rehusaba a dormir debido a las pesadillas que tenía. Su familia estaba preocupada, ya que había estado varios días sin dormir, hasta que una noche se quedó dormido y lo acostaron en su habitación. Sin embargo, en medio de la noche lo oyeron gritar y al entrar en su habitación lo encontraron muerto. Según Craven:

"Se realizó una autopsia, y descubrieron que no sufrió un ataque al corazón; había muerto simplemente por razones inexplicables. Encontraron en su armario una máquina para hacer café, llena de café caliente que había utilizado para mantenerse despierto, y encontraron además todas las pastillas para dormir que pensaron se había tomado; él las había escupido y las escondió. Me pareció una historia tan increíblemente dramática que estuve intrigado por ella durante un año, por lo menos, hasta que finalmente decidí escribir algo sobre este tipo de situación".

lunes, 2 de septiembre de 2013

SECRETOS PARA MADRUGONES

Creo que la literatura es hablar indirectamente, hablar a través de personajes, de historias. Pero esta vez quisiera ser más directo y decir esto: !No se que me pasó los últimos meses que no escribí ni un post¡

Para remediarlo, a las 2.04 del 2 de Septiembre, me dí cuenta que era tarde para desarrollar alguna historia, pero algo quería subir, así que decidí tomar una foto y explicarles lo que esa foto me hace sentir.

La foto es de una vez que volví de Cafayate a Moldes. Viajaba en bicicleta, pero por unos kilometros en la Quebrada de las Conchas me trajo un camión. Serían como las 05 de la mañana en verano, entre el 6 y el 15 de enero, más o menos.

Siento humedad, frío; siento sueño; escucho sonidos naturales, pájaros, y también el ruido de un motor; siento olor a café, el café de esa mañana; siento que voy a explorar, que voy a conocer, tengo curiosidad; siento un poco de miedo, no se a qué; siento muchas cosas, pero principalmente siento... que la soledad de la mañana tiene secretos para madrugones,

sábado, 6 de julio de 2013

LOS ESCRIBAS Y LOS TRIBUNALES.



Fue al mediodía en un viernes de otoño. A la mañana había caído una de las primeras heladas de la estación y por eso mucha gente cargaba el abrigo que a esa hora ya no hacia falta. La sala de visitas ya estaba vacía, limpia y oliente a lavandina. Yo estaba solo ahí, esperando un cliente, cuando llegó ese abogado. Buen día joven, me dijo, mientras se sentó y se empezó a desabrigar. Era un señor gordo, barbudo y grandote, tenía un saco de cuero porcino, y, en la entrada, los guardias –que parecía que ya lo conocían bien- le habían preguntado dónde lo había comprado. Yo leía mis fotocopias y trabajaba en una defensa casi sin esperanzas.  

Hoy heló por primera vez, le dije. Yo vengo de Chicoana y vi varios campos helados. El hizo un comentario, primero asintiendo lo que había dicho, pero luego llenó de significado jurídico una observación simple del tiempo.

Empezó diciendo que si los jueces vieran el contexto en que estamos, el ambiente, ese paisaje que yo había ilustrado, otras serían las sentencias. Pues, nuestra profesión es una disciplina holística. Pero muy pocos la ven así, agregando que muchos permanecen siempre ensimismados en un mundo de leyes, absortos de otras disciplinas y eso genera decisiones carentes de razón y que llevan a consecuencias nefastas. Me invitó a recordar el preámbulo de la constitución, diciendo que ahí estaban los principales objetivos al que debían aspirar las decisiones.

Me quedé pensando: constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad.

Le comenté mi caso y me dijo, que las decisiones también tenían que tener misericordia. Más aún en un contexto como en el derecho penal, donde vemos las mayores miserias humanas. El abogado que no lee el evangelio, agregó, nunca lo va entender. Y cito el pasaje de Cristo y los Escribas, diciendo frases tales como Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés”; “los escribas y los fariseos son unos hipócritas, porque cierran el reino de los cielos delante de los hombres, al que ni ellos entran, ni dejan entrar, (...) porque han descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; y éstas son las cosas que deberían haber hecho, sin descuidar aquéllas”.[1]



[1]  Mateo. 21, 12; 21, 23; Mateo 23, 1-39: