A menudo pensamos en el carnaval como una simple fiesta, un paréntesis colorido en el calendario gregoriano destinado a la diversión, al turismo estacional y al olvido momentáneo de las obligaciones laborales. Sin embargo, cuando nos sumergimos con rigor en la obra de Manuel J. Castilla, descubrimos que el carnaval no es un evento decorativo ni un capricho humano que pueda decretarse por ley o moverse de fecha por conveniencia turística. Para Castilla, el carnaval es una necesidad biológica y política, una orden dictada por la tierra misma que se impone sobre la voluntad de los hombres.
I. El Tiempo de la Materia
Para el poeta salteño, el tiempo no se mide con relojes industriales ni con las abstracciones de la agenda civil, sino con la maduración de los frutos y los ciclos de la materia. La fiesta no empieza cuando lo dice el almanaque, sino cuando la naturaleza está lista para entregar su energía. En sus versos, hay una conexión inquebrantable, casi química, entre el ciclo de la planta y el ciclo del deseo humano. No hay fiesta sin sustancia que la sostenga:
Aquí reside la primera verdad filosófica que el Materialismo nos ayuda a desvelar: no somos dueños de nuestro tiempo. Es la algarroba —el alimento, la materia prima de la aloja y la añapa— la que decide cuándo el hombre puede liberarse. Sin la maduración bioquímica del fruto, no hay fermentación posible, y sin fermentación, no hay estado alterado de conciencia que permita romper la rigidez de la vida cotidiana. La naturaleza, en la obra de Castilla, no es un decorado pasivo o un "paisaje" para ser contemplado; es el motor material que empuja a la cultura. El carnaval es, en este sentido, un fenómeno metabólico antes que social: es la tierra ingresando en el cuerpo del hombre para transformarlo.
II. La Catarsis Política
Pero, ¿de qué se libera exactamente el hombre en el carnaval? Alejandro Morandini, quien recopiló con maestría la prosa periodística de Castilla en El oficio del árbol, nos da una clave fundamental para entender esta dimensión política. Morandini nos recuerda que la voz de Castilla no es un canto folclórico complaciente, sino una herramienta de resistencia ante la aniquilación del sujeto. La suya es una:
"Lengua que se piensa entre pastores de vientos; la misma que es grito y se libera con el carnaval o en el rito de la alegría con el vino." 2
Esta "liberación" a la que alude Morandini no es abstracta ni metafísica. El hombre de la Puna, el trabajador del ingenio azucarero, el hachero del monte o el minero del socavón, vive sometido a una realidad dura, a una maquinaria económica que lo desgasta físicamente hasta convertirlo casi en una herramienta más, en un engranaje de carne. El carnaval funciona entonces como una válvula de escape vital y termodinámica. No se grita bagualas por mera afición musical o estética; se grita para expulsar el dolor acumulado en el cuerpo, la tensión muscular y psíquica retenida durante el año de trabajo forzado. Es, en palabras de los filósofos materialistas, una catarsis necesaria para seguir existiendo.
III. La Tragedia y el Cuerpo-Instrumento
En este contexto, el carnaval adquiere una dimensión trágica que lo aleja de la frivolidad urbana. No es pura alegría ingenua; es una alegría desesperada, una "alegría cruel" como a veces la llamaba el mismo Castilla. Uno baja a la fiesta cargando su historia, sus cicatrices y sus penas. El poeta lo confiesa con una honestidad brutal, desmintiendo el mito de la felicidad colectiva automática:
La soledad no desaparece con la multitud; se vuelve más aguda. Pero Castilla va más allá en su obra "La Volvedora", donde plantea una operación ontológica radical: la transformación del propio cuerpo en instrumento del rito. El sujeto ya no solo participa de la fiesta, sino que se ofrece en sacrificio material:
Aquí, el análisis materialista revela una instrumentalización de la víscera. El corazón, órgano biológico de la vida y símbolo romántico del sentimiento, es entregado para ser "golpeado como caja". La caja (el tambor andino) es el objeto que marca el ritmo del cosmos en la fiesta. Al pedir que su corazón sea usado como caja, el poeta acepta su anulación como individuo para convertirse en pura resonancia.
IV. La Tecnología del Olvido: Harina y Vino
Sin embargo, para soportar esta entrega, el hombre necesita tecnologías específicas. Castilla identifica dos elementos materiales que permiten esta transustanciación: la harina y el vino. En "Bajando del cerro", el poeta establece una logística precisa para la supervivencia emocional durante la fiesta:
El vino aquí no es un lujo gastronómico; es una herramienta de viaje ("para el camino"). La redundancia ("y otro pa' más después") señala la necesidad de mantener el estado de alteración ("borrachera") como única forma de soportar el tránsito entre la realidad dura del cerro y la irrealidad de la fiesta. Por otro lado, cuando los participantes se enharinan el rostro, ocurre algo profundo que va más allá del juego. La harina actúa como una máscara que borra las diferencias individuales y sociales. Bajo el polvo blanco, ya no hay patrones ni peones; solo quedan seres humanos espectrales, unificados por la materia.
V. El Pacto con lo Numinoso
Y en esa igualdad construida por la harina y el vino, aparecen los verdaderos dueños del carnaval, aquellos que habitan el Eje Angular del espacio antropológico: los dioses antiguos, el Diablo y el Duende. Para Castilla, estas figuras no son supersticiones literarias ni metáforas decorativas; son presencias reales, sujetos operantes con los que hay que negociar y convivir.
El carnaval es, en definitiva, el momento en que el hombre pacta con lo sagrado y con la tierra para resucitar. A través del vino, del grito y del baile, el ser humano deja de ser una "cosa" útil para el mercado y recupera, aunque sea por unos días, su condición de Sujeto Soberano. Como bien señala el rescate de Morandini, Castilla entendió que en esa fiesta barrosa, violenta y excesiva reside la dignidad última del hombre de su tierra.