Fue una mañana nublada, probablemente, la única nublada de esa semana.
Llegué a ella con mucho café, entre medio de apuntes, luz artificial, y después de guitarrear con un compañero de casa, que se fue a dormir pidiéndome que lo imitara —quizás, porque estaba algo incrédulo de lo que iba a hacer. Ahora lo entiendo, porque, hasta las nueve de la mañana, solamente el bedel, yo, y un chico que había viajado del interior, nos habíamos tomado en serio eso de rendir la última materia.
Había un inscripto más, así que, cuando los profesores llegaron, dijeron que lo iban a esperar quince minutos. Mientras tanto, pidieron café —esos quince minutos se hicieron eternos, porque, aparentemente, tenían mucho para conversar—, y nos invitaron a esperar afuera.
Si no hubiese sido por la espera, Andrés y Juan, no me habrían visto ahí.
—¿Qué haces aquí? — me dijo Juan.
—Voy a rendir finanzas, boló —le dije en voz baja, y por la cara que
puso tuve que repetirlo—. En serio te digo.
—Tas loco Luisito. Yo voy a cursarla de nuevo.
”Avisame. Vos podrías venir otra vez de oyente, y si hablás con los
profes, capaz que te suman, rendís, y después te firman la libreta, como libre.
Vos viste como es —después de eso se despidió.
—Bueno, vamos a ver cómo me sale esto. Gracias —le dije.
Luego lo vi a Andrés. Tuvimos una charla parecida, pero él, más
optimista, me esperó hasta que nos llamaron a rendir —después de eso sé que se
fue a comprar harina y huevos, y a conseguir gente para darme una paliza, pero
solamente consiguió a su novia.
Cuando salí, me estaban esperando, pero como no les daba la fuerza para
dejarme un enchastre, solamente me abrazaron, reímos, y nos fuimos caminando
por el pasillo.
Andrés me abrazaba y le decía a los que saludaba: "se recibió con
finanzas". Estaba orgulloso.
Por mis condiciones subjetivas de ese momento no quise avisarle casi a
nadie. Quería hacerlo como un trámite más. ¿Por qué? Quizá porque iba hacer
algo que no se hace, y me daba miedo. También tenía vergüenza de
que si me iba mal todos me iban a decir: “¿ves?, esa materia no se rinde
libre”, y se sumaba la ridícula vergüenza de haber desaprobado una materia por
promoción —que es la manera como se aprueba esa materia—, quizás por distraerme
un poco con la vida.
Lo bueno fue recibirse, y todo lo que vino después; lo malo —aunque no
estoy seguro—, es que lo asumía como una carrera —contra mí, pero no por eso,
menos competitiva.

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