Publicado en "Doce cuentos peregrinos" (1992)
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Juan llega al bar temprano y se sienta en una mesa
al lado del ventanal que tiene vista a la calle.
Me parece que vine varias veces a reuniones
laborales aquí, incluso a una cita, piensa.
¿Cómo se llamaba?, piensa.
Victoria, creo. Y también a una reunión política,
piensa.
Un bar del centro habría sido mejor, piensa.
Pero bueno, se nota la visión de alguien que vive cerca
de un corredor turístico; si yo viviera por aquí también aprovecharía de estos bares
y restaurantes, porque objetivamente son más tranquilos, limpios, y ordenados; la
belleza debe tener algo que ver con el orden, con las proporciones, piensa; qué
buena vida sería si viviera por aquí, piensa.
Esta zona también debe estar llena de gimnasios
caros, piensa; porque ve la gente que corre por los canteros de la avenida y
recuerda que unas cuadras antes había visto un gimnasio todo vidriado, donde la
gente corría sobre cintas, y piensa si la gente del gimnasio no cruzará miradas
con la gente que corre por los canteros, y si no sentirán vergüenza, o si serán
indiferentes ante la mirada de los demás, porque te ven corriendo en vidrieras,
expuestos, piensa.
En ese instante ve que Sofia sube por las
escaleras, y no puede creer que llegó a las ocho de la mañana, como habían
quedado, y le dice al mozo que se acerca a tomarle el pedido, que espere,
porque todavía no va ordenar, que va esperar que su amiga vea la carta; y el
mozo no alcanza a responderle, pero ve que Sofia entra, y que saluda a Juan, y
se da cuenta que es la chica que espera, y mientras ella se sienta les dice que
vean la carta tranquilos, que lo llamen cuando estén listos para ordenar.
—¿Pediste algo? —le pregunta Sofía, y toma la
carta del bar, como si la desconociera.
—No… Te estaba esperando. Ni siquiera vi la carta —dice
Juan.
—Gracias… —dice Sofia, como si le agradara el
gesto.
”¿Vos desayunás fuerte a la mañana?
”Yo desayuno como una glotona, así que no te
asustes —dice, para prevenir comentarios sobre ese tema.
—Normal.
”En mi casa casi siempre desayuno lo mismo, y casi
siempre desayuno en mi casa, porque soy de los que no funcionan sin café.
”No puedo salir de mi casa sin café.
”Primero café, después existo.
—¿Ah sí? ¿Y qué café tomás? ¿De cápsulas?
—¡Nooo…! —le dice Juan, como si Sofia hubiese
dicho un sacrilegio, pero rápidamente cambia los gestos.
”Tengo cafetera italiana y prensa francesa —dice
Juan, y aunque sabe que va quedar como un presumido, continúa—, y a veces muelo
café, y a veces uso el molido de bolsa, pero puro, de diferentes marcas, para
no cansarme.
—Yo no sé nada de café —le dice Sofía, como si
hubiese quedado azorada.
”En Córdoba tomaba mucho café, pero de esos que
vienen en frasco.
—¿Los instantáneos? —dice Juan.
—Sí… Pero desde que me mudé aquí, si desayuno en mi
casa, lo prepara mi mamá. Con cafetera eléctrica lo hace.
”En el negocio, si no me queda otra, me preparo café
instantáneo, pero si no, vengo a esta cafetería, y a veces pido desayunos de un
bar que está cerca del negocio.
”No soy hábil para preparar desayunos —le dice,
como si lo estuviera previniendo de algo—, ni para nada que se haga en la
cocina.
”Me despierto y tengo que hacer algo, cualquier
cosa, pero no desayunar.
”Antes, cuando estudiaba, tomaba mates, hasta que
mi compañera se levantaba y hacia algo.
”Ahora, cuando voy al gimnasio, voy sin desayunar.
—Bueno, yo también. Por eso dejé de ir —le dice
Juan, y ambos se ríen, porque saben que no es cierto.
—¿Te parece bien esta promoción? —le pregunta
Sofía, señalando en el menú una oferta para compartir, que incluye la opción de
café con leche, mate, o té; con pan de campo, mermelada de arándanos o durazno,
queso untable, y jugo exprimido de naranja.
Juan analiza la opción, y aunque sabe que va
aceptar, porque no va a contradecir a Sofia por un tema así, igualmente simula
analizar; imagina que podría disentir, que podría elegir otra cosa.
¿A esto le llama desayunar fuerte?, piensa. Porque
es lo mismo que yo desayuno todos los días; aunque claro, no todos los días
tengo mermelada de arándanos, ni pan casero, piensa.
—Está perfecto.
”Me gusta la mermelada de arándanos —le contesta.
Esta vez Sofia Morante es la primera clienta
en llegar al gimnasio.
Lleva un bolso deportivo, no deja el bolso en
un casillero, como lo harían los demás, lo lleva encima, y va directamente
hasta el final del salón.
Saca del bolso una toalla de mano, una botella
de agua, y un teléfono celular. En esa maniobra deja caer un libro, y aunque el
libro es un bien inútil para este momento, no le da importancia, y lo pone al
lado de sus otras cosas.
Mira a José, un entrenador, para que le dé
indicaciones, y aunque ya sabe que le va decir que tiene que hacer
calentamientos, espera que este se acerque y la salude.
Vamos, no tengo todo el día, piensa; pero
espera que José termine de acomodar cosas y que se acerque. Mientras tanto
revisa su celular, y mira como terminó el chat con Pedro.
Pedro es un tipo que Sofia conoció en el
gimnasio, y ahora ella lo considera su mejor amigo, entre otras cosas porque es
europeo, músico, gay, y la gente con estos enfoques le agradan.
“Salgamos mañana a la noche, tengo un amigo
dueño de un restaurante que te quiero presentar”, dice el mensaje de Pedro.
Sofia piensa qué contestarle, porque cree que
es muy temprano para aceptar; duda si al terminar el día laboral tendrá ganas,
porque si bien quiere conocer gente nueva, candidatos, en este momento no le
gusta nadie.
“Dame hasta media tarde que te confirmo, pero
casi seguro que sí”, le contesta.
Luego se acerca José y la saluda con un beso.
—¿Te caíste de la cama? —le pregunta José,
haciendo alusión a que no es habitual que llegue tan temprano.
—Sí —dice Sofia, y piensa si se le nota la
cara de sueño, o si está dando alguna impresión de ansiedad o de preocupación,
porque lo va a negar en caso de que le pregunten, pero José se limita a
indicarle los calentamientos y la serie de los primeros cuatro ejercicios.
Sofia toma mancuernas y las levanta hasta la
altura de los hombros, y escucha que una compañera le está diciendo que el
profesor está bueno, que va estudiar para sacarse un diez, o que mejor va
desaprobar así lo puedo ver más tiempo, y ella le dice que se calle, que no la
deja escuchar lo que dice.
—Ya hice hombros —le dice a José, sabiendo que
este la mira con altura cuando le pide que le recuerde indicaciones, y que le
molesta que no retenga indicaciones, pero no se va enojar, piensa; y le gusta
molestarlo.
—Glúteos —le dice José, a secas, y la mira
serio, mientras Sofia se le ríe.
¿Y qué será la vida de la loca esa? No me
escribió más, piensa. Parece que le debe ir bien, porque nada le costaba, era
aplicada hasta para salir de fiesta, piensa.
Veinte minutos después llega Juan Moreira.
Durante ese lapso en el gimnasio ya hay más de
diez personas.
Juan saluda a los entrenadores, observa al
resto de la gente, y se dirige a un espacio cercano a Sofia.
Hace tiempo que Juan busca acercarse a Sofia,
porque le gusta, pero hasta el momento nunca pudo concretar más que saludos, y
a veces ni eso; Sofia no conversa con nadie; solamente conversaba con Pedro,
pero este dejó de ir a entrenar durante la mañana.
Juan termina de calentar y espera que José se
acerque. En ese momento ve el libro que Sofia dejó afuera del bolso, pero no
sabe que le pertenece. Quiere leer el título, pero no puede porque está
cubierto por el celular, solo ve una figura humana, sin rostro.
Unos minutos más tarde, mientras entrena, se da
cuenta que el libro es de Sofia cuando ella se acerca a revisar el celular.
En esta época, en los gimnasios, como casi en
cualquier lugar, la gente revisa constantemente el celular. Juan sabe eso, y él
también lo hace, pero, ¿hacerlo en el gimnasio? Este tema lo irrita. Piensa que
es por un criterio racional, pero prefiere olvidar que adquirió esta idea
higiénica despues de que una chica lo reprendiera porque él le escribía
mientras estaba en el gimnasio. Desde ese momento, todas las actitudes con el
celular en el gimnasio le parecen mal.
Hoy una chica atendió una llamada, y parloteó
como media hora en voz alta; hoy un chico hacía una serie con pesas, y después
revisaba el celular, cuatro repeticiones, y cuatro revisiones del celular,
¿podés creer?, les decía a sus amigos.
Hoy vi una chica haciendo abdominales:
¡mientras usaba el celular!, esa era su anécdota favorita, y hacía gestos de
dolor de cabeza cuando la contaba; sin embargo, esta vez no puede parar de
mirar a Sofia.
La mira embelesado; elige creer que podrían
tener algo en común, y no recuerda su prejuicio higiénico, solamente intenta no
quedar como un baboso, que no se dé cuenta, piensa
Piensa que podría hacerle preguntas sobre el
libro, que sería un buen rompehielos, pero no sabe cómo hacerlo, Sofia no lo
mira.
Espera que haya un cruce de miradas, que surja
alguna pregunta sobre mancuernas, colchonetas, desea que intervenga el
entrenador haciendo algún comentario y él pueda sumarse, pero no sucede nada.
Así que, cuando Sofia termina su entrenamiento y recoge sus cosas para
marcharse, piensa que ya perdió la oportunidad, y sigue enfocado en el
entrenamiento.
Después de unos quince minutos, Juan también termina
su rutina, y empieza a marcharse, pero cuando pasa por los vestuarios casi
choca contra Sofia, que sale de las duchas.
—Perdón —le dice Juan, y ve que ella le
sonríe. Intenta seguir su camino, pero la ve tan bonita con su pelo mojado y oscurecido,
que en cuestión de microsegundos, piensa: es ahora.
—Vi que tenías un libro. ¿Qué estás leyendo? —le
pregunta Juan.
—Sí, es un libro de... —ella le menciona el
nombre del autor, pero Juan lo olvida al instante.
—Ah... ¿de dónde es el autor? —pregunta Juan.
—Es... —Sofia tiene que pensar la respuesta—
norteamericano creo, no sé muy bien —le dice Sofia, con gesto de resignación.
—Ah... ¿Es novela romántica? —le pregunta
Juan, y antes que ella le conteste piensa que esa será su última pregunta,
porque ya no sabe que más decir.
—No. Es un libro sobre regresiones, vidas
pasadas —responde Sofia, con la lentitud de quien no sabe cómo categorizar lo
que lee, pero si sabe su utilidad.
—Ah... espiritualidad, autoayuda… —dice Juan,
y Sofia asiente con sonrisa de compromiso, pero ya no le contesta— Bueno,
después contame si te gustó, que estés bien —finaliza Juan.
—Dale, vos también —le dice Sofia, y se despiden.
Juan camina para volver a su casa, se siente
alegre, y tonto; sabe que los momentos más felices de sus días son cuando la ve
en el gimnasio, y le parece tan ridículo, le da vergüenza, porque siempre se
entusiasma con alguien, pero así también la pierde.
Nunca hay una razón para que me guste alguien,
simplemente me gustan, pero el tema es saber hablarle, piensa; ojalá pudiera
hablar de cualquier tema, sin que sea algo interesante, o inteligente, así como
hacen los demás, piensa.
Vidas pasadas, vidas pasadas, piensa, porque yo
no creo en la reencarnación, y aunque ya se que la gente lee esa literatura
cada vez más, me sorprende que Sofia lo haga. Cuando era indiferente a las
creencias espirituales y religiosas, sí, que se yo, tampoco soy un fanático, pero
las creencias son relevantes.
Sobre todo porque creer en astrología, en
supersticiones, en indigenismos, no es lo mismo que tener religión, piensa;
creer un poco en todo, sin compromiso ni coherencia, es para andar a los tumbos
por la vida, piensa.
Juan quiere hacerse un perfil de Sofia; piensa
que por alguna razón debe leer esa literatura, porque le parece un nivel
avanzado de creencias; pero casi nadie se levanta a las seis treinta de la
mañana para entrenar, salvo la gente comprometida con el cuerpo y llena de
ocupaciones, y eso es muy católico, piensa; e intenta recordar la portada del libro
para buscarlo en internet, pero el nombre del autor no le suena, y no encuentra
nada, y entonces navega por la aplicación de mensajes, luego vuelve a buscar
libros de autoayuda, espiritualidad, pero las portadas le resultan parecidas, entonces
abre los periódicos, redes sociales, y así llega a su casa.
Mientras tanto Sofia sigue conduciendo su
automóvil y chequea si tiene mensajes en el celular, porque en el primer
semáforo del camino le escribió a su madre para consultar si la esperaba a
desayunar.
Si no me contesta en un minuto voy directo al
negocio, piensa; y se pregunta si no viene haciendo eso bastante seguido, y si
por eso no estará dando la impresión de estar demasiado comprometida con el
negocio; si los empleados se preguntarán que desconfía de ellos; si en realidad
no están esperando que venda el negocio; si es hora de cambiar de abogado,
porque el viejo no le gusta, aunque haya sido amigo de su padre; si se hará
realidad la prevención de que los trámites sucesorios duran mucho tiempo; pero busca
tranquilizarse pensando que su papá haría esto, resolver este tema, ocuparse de
todo, seguir adelante, y piensa que no puede desatenderlo, y se angustia, pero
recuerda que juró que no iba a llorar, aunque tenga que mantener la apariencia
de que todo es momentáneo; porque algún día la gente se va cansar de preguntar
si va a retomar los estudios, si va a volver a Córdoba, si seguirá el camino
que parecía destinado para ella.
Quizás sea momento de anunciar que la cosa se
va a poner aún más seria, piensa; porque no creo que algo vaya a cambiar,
probablemente sea lo que haga toda la vida, piensa: atender proveedores, ir al
contador, ir al banco, atender al público, visitar abogados.
Y con el tiempo podré reconocer una pieza de
ferretería a metros de distancia, piensa; mientras conduce su auto, y suspira,
y quiere dejar de pensar.
Esta
vieja ya no me va contestar, y voy a tener que ir a desayunar al negocio,
piensa.
Juan sigue con los ojos abiertos, mientras piensa en Sofia, en el cigarrillo redentor, porque estuvo bien en inventarse una historia para escapar de la situación, y que ella lo imitara, y que por eso se quedaran hablando; estas situaciones no se pueden prever, si lo planeas no te sale, piensa. Entonces algo le llama la atención, escucha un ruido en la cocina, ¿será Madona?, no creo, piensa, porque hace días que Madona está en la casa de su padre, pero sigue escuchando algo, es como si Madona se estuviera relamiendo los pies, y tiene ganas de retarla, como lo hace siempre, pero piensa que si hace eso actuaría como loco. Entonces escucha que algo viene trotando por el pasillo del comedor hasta el dormitorio, da un salto y se sube a su cama, no es un perro, es un bicho que se acerca acechando, pone su hocico cerca de su cara, pero no le muestra los dientes ni le gruñe, solo lo mira a los ojos. Juan intenta gritar, porque está aterrorizado, pero solo puede hacer sonidos guturales, porque no se puede mover, y piensa que si se mueve el bicho lo va a matar, pero el bicho empieza a dar vueltas sobre su eje y se acuesta, a los pies de Juan, que por el momento piensa que es libre al elegir no moverse, piensa que lo decide, pero luego se da cuenta que no, que está paralizado. Tranquilo, es un sueño, es un sueño, repite, y mira hacia el techo, haciendo de cuenta de que el bicho no está ahí, reza, ¿qué es esto, Señor?, dame las fuerzas para despertarme, dice en oración, pero no puede, y pierde la consciencia.
Al rato se vuelve a despertar, y nota
que el bicho sigue a su lado, puede sentir su respiración, voltea la mirada y lo
mira, y efectivamente está ahí, es negro, hace largas respiraciones, se infla y
desinfla, pero no se mueve, parece que duerme, tiene el lomo pegado contra su
espalda, entonces Juan se convence de que es un sueño, ya no tiene ganas de gritar,
solamente quiere despertarse, para poder moverse y alcanzar la lámpara; intenta
mover un brazo, hace fuerza, pero algo le parece extraño, porque, si es un
sueño, ¿cómo es que todo está igual que en la vida real?, piensa, es su
dormitorio, la lámpara del velador está ahí, la campana de la luz del techo
está ahí, y sigue intentando alcanzar el velador, pero no puede, es inútil. Ahora
recuerda como se llama lo que le pasa, le pasó muchas veces, se parece a un sueño
pero no lo es, es una parálisis del sueño, piensa, dormir y de repente abrir los
ojos, y ver todo lo que pasa alrededor sin poder moverse; le pasa cuando se corta
la circulación de sangre en un brazo por dormir bocabajo; le pasó también cuando
se cortó la circulación de sangre en una pierna porque se durmió con una laptop
apoyada, pero todas esas veces, no vio
nada raro, nada sobrenatural, ¿por qué ahora aparece un bicho?, no es normal,
esta situación no se parece a ninguna anterior, o ¿será que el bicho es real y
está ahí?, pero si es real, ¿cómo entró a la casa?; parece un león, piensa,
pero seguro que no lo es, porque un león es otro bicho, y no es negro, pero a este
bicho lo conozco, piensa, en algún lado lo vi, es real, existe en la vida real,
pero no recuerda como se llama; piensa que cuando le pasa esto aprovecha para
hacer ese pequeño movimiento que destraba la circulación, quizás abrir los ojos
es una defensa consciente del cuerpo, piensa, sirve para destrabar algo, porque
las veces anteriores hizo fuerza y logró darse vuelta, aliviar el brazo, o
correr la laptop y despejar la pierna, pero ¿qué puedo hacer ahora?, no tengo
nada obstruido, prender la lámpara, piensa, cuando la encienda el bicho se irá,
piensa, y lo intenta, hasta que queda inconsciente de nuevo.
Esta obra de Rosalía aparece en el álbum
“Los Ángeles” (2017), y es la canción elegida para el momento cúlmine de la
película “The Flash” (2023), donde el protagonista
viaja en el tiempo para reencontrarse con su madre y resolver su crimen.
Rosalía también tiene un videoclip donde sugerentemente todo el
tiempo aparece con un cartel detrás que reza: “Jesus Save”.
Toma este puñal dorao
y ponte tu en las cuatro esquinas
y dame tu de puñalas
y no me digas que me olvidas
y no me lo digas jamás.
Que con el aire que tu llevas
que cuando vas a navegar
que hasta el farol de la cola
que me lo vas a apagar
Estas dos estrofas corresponden a la
obra “Toma este puñal dorao” (1996), versos de
Rosario Monje, popularizadas por Carmen Linares, cantante de flamenco español.
Son versos que la narradora cita para expresar como se siente al inicio de la composición: es un momento de dolor
y de miedo.
La narradora es una mujer que está muriendo
por una enfermedad, y está ante la presencia del Arcángel Rafael, de su hija, y de su compañero (novio o esposo).
Tiene miedo de que su hija, por ser tan joven, y por el ritmo con el que vive,
la olvide; con estas estrofas quiere decirle que es capaz de aceptar cualquier
sufrimiento por ella.
Del mundo leguas y leguas
Y aunque mi cuerpo ha corrí'o
Del mundo leguas y leguas
Como aquí me he deja'o el alma
Y aquí he vení'o a por ella
Aunque mi cuerpo ha corrí'o
Del mundo leguas y leguas
Estos versos pertenecen a la obra “Del mundo leguas y leguas” (1933), de La
Niña de los Peines, y son citados para expresar la idea de que el mundo es muy grande, y que se la pasó corriendo, buscando, pero no encontró plenitud, y ahora va a
dejar este mundo, morirá: llegó el momento donde el alma se separa del cuerpo.
Porque sale te ofende
Si yo supiera, compañero
Que el sol que sale, te ofende
Con eso me peleara
Que yo aunque me dieran la muerte
Con el sol me peleara
Que yo aunque me dieran la muerte
En estos versos la narradora menciona que
sería capaz de pelear contra cualquier cosa que ofenda a su novio o esposo.
Interpreto que es su novio o esposo, aunque el texto lo menciona como “compañero”, ya
que el Arcángel Rafael es el patrono de los novios y matrimonios. Podría interpretarse como
una promesa de cuidarlo desde el cielo.
Madre, tiene la reina de mis entrañas
Dos abanicos negros que por pestañas
Que por pestaña', niña, que por pestañas
No hay niña que las tenga por to'a la España
Aquí la narradora se refiere a su madre
espiritual, es decir, a la Virgen María, le encarga el cuidado de su hija a la
que describe como la más hermosa de España.
Y te voy pintando y pintando
Al ladico del brasero
Y a la vez me voy quemando
Por lo mucho que te quiero
Válgame San Rafael
Tener el agua tan cerca y no poderla beber
En estos últimos versos la narradora describe que está memorizando la imagen de su hija, y que eso le ocasiona tanto dolor como —finalmente— plenitud. Interpreto así, ya que la referencia a las brasas es una analogía a la medicina que el Arcángel Rafael le recomendó a Tobías (Ver Tb. 6, 17; Tb 8, 2-3).
En la escena bíblica, Tobías —por consejo del
Arcángel Rafael— quema parte del hígado y del corazón de un pez en brasas de
incienso, y de esta manera provoca un humo que espanta al demonio Asmodeo; por
esto, y por la oración que realizan con Sara (remedio natural y remedio
espiritual), Dios les concede la gracia del matrimonio, sin que el demonio los
moleste.
En esta escena final la narradora entrega su
amor también en sacrificio, como símbolo de la obediencia a Dios, y por consejo
de Rafael. Le expresa asombro al ángel — Válgame San Rafael—,
probablemente porque ahora, que es alma, experimenta la plenitud del amor, algo
que no pudo cuando tenía cuerpo.
Rafael significa “Dios ha curado”, las razones por lo cual se lo considera patrono de los enfermos, de los novios y matrimonios se pueden ver en la Biblia, en el libro de Tobías.
Esta obra es un bolero con letra y música original de Justo Betancourt (1968).
En la obra literaria
el narrador está en primera persona y se lamenta de una mujer que lo ha dejado
por seguir el oro. El narrador espera que la mujer algún día vuelva a buscarlo,
porque él tiene autentico amor.
Rosalía canta
lo que dice el narrador, pero en el video representa al personaje de la mujer; además,
en esta versión se introduce una respuesta del personaje de la mujer, que es
cantado en inglés con una voz de hombre; en ella la mujer le dice al hombre que
es un ridículo, un delirante, y que se conforme mandándole besos por teléfono,
que ella lo usará como regaliz, es decir, como planta medicinal.
La interpretación
de esta obra presenta dos ideas a analizar: el amor y la soberbia.
En el video
la mujer festeja, hace leña del árbol caído (del deseo y el dolor del hombre),
baila alrededor del fuego, salta de alegría, pero está sola, y termina abrazando
un perro, y mirando tristemente una fogata.
¿Por qué termina
triste la mujer despues de festejar y vanagloriarse del deseo del hombre?
Ciñéndonos
al texto de la obra, la mujer elige la riqueza antes que el amor del hombre.
Para justificar esa elección responde con soberbia: no necesita el amor de este
hombre, necesita que alimente su ego, y necesita riquezas.
Una interpretación
ideológica dirá que la mujer no regresa porque no necesita el amor de ese
hombre y necesita las riquezas, lo cual es falso, porque termina triste y sola.
Otra interpretación
ideológica dirá que no existe el amor, o que es falso que este hombre tenga
amor, lo cual es doblemente falso, ya que pensar que el amor no existe no se
sostiene antropológicamente, y no hay nada en la obra para concluir que el
hombre miente.
En la falsa alegría, en la falsa libertad, en la falsa dignidad que dan las riquezas y alimentarse del deseo de los demás, se encuentra soledad, no está el amor: por eso es un delirio de grandeza.
Texto de la obra, según la versión de Rosalía:
El oro pudo
más que mi dolor
No tuviste
compasión de mi agonía
Tú sabiendo
que mi alma se moría
Con amigos
entre copas te reías
La
ambición, delirio de grandeza
Hizo en mí
un ser martirizado
Porque
estaba locamente enamorado
Mujer, yo
no merezco esa bajeza
Espero con
el tiempo justiciero
Que
retornes buscando una ilusión de amor
Y volverás
a mí, así lo espero
Así lo
espero
Mujer sin
corazón
Man, it's ridiculous
I got you so delirious
Kiss me through the phone
While I lick you just like licorice
Man, it's ridiculous
Fue una mañana nublada, probablemente, la única nublada de esa semana.
Llegué a ella con mucho café, entre medio de apuntes, luz artificial, y después de guitarrear con un compañero de casa, que se fue a dormir pidiéndome que lo imitara —quizás, porque estaba algo incrédulo de lo que iba a hacer. Ahora lo entiendo, porque, hasta las nueve de la mañana, solamente el bedel, yo, y un chico que había viajado del interior, nos habíamos tomado en serio eso de rendir la última materia.
Había un inscripto más, así que, cuando los profesores llegaron, dijeron que lo iban a esperar quince minutos. Mientras tanto, pidieron café —esos quince minutos se hicieron eternos, porque, aparentemente, tenían mucho para conversar—, y nos invitaron a esperar afuera.
Si no hubiese sido por la espera, Andrés y Juan, no me habrían visto ahí.
—¿Qué haces aquí? — me dijo Juan.
—Voy a rendir finanzas, boló —le dije en voz baja, y por la cara que
puso tuve que repetirlo—. En serio te digo.
—Tas loco Luisito. Yo voy a cursarla de nuevo.
”Avisame. Vos podrías venir otra vez de oyente, y si hablás con los
profes, capaz que te suman, rendís, y después te firman la libreta, como libre.
Vos viste como es —después de eso se despidió.
—Bueno, vamos a ver cómo me sale esto. Gracias —le dije.
Luego lo vi a Andrés. Tuvimos una charla parecida, pero él, más
optimista, me esperó hasta que nos llamaron a rendir —después de eso sé que se
fue a comprar harina y huevos, y a conseguir gente para darme una paliza, pero
solamente consiguió a su novia.
Cuando salí, me estaban esperando, pero como no les daba la fuerza para
dejarme un enchastre, solamente me abrazaron, reímos, y nos fuimos caminando
por el pasillo.
Andrés me abrazaba y le decía a los que saludaba: "se recibió con
finanzas". Estaba orgulloso.
Por mis condiciones subjetivas de ese momento no quise avisarle casi a
nadie. Quería hacerlo como un trámite más. ¿Por qué? Quizá porque iba hacer
algo que no se hace, y me daba miedo. También tenía vergüenza de
que si me iba mal todos me iban a decir: “¿ves?, esa materia no se rinde
libre”, y se sumaba la ridícula vergüenza de haber desaprobado una materia por
promoción —que es la manera como se aprueba esa materia—, quizás por distraerme
un poco con la vida.
Lo bueno fue recibirse, y todo lo que vino después; lo malo —aunque no
estoy seguro—, es que lo asumía como una carrera —contra mí, pero no por eso,
menos competitiva.