sábado, 16 de septiembre de 2023

INTERPRETACIÓN DE “DELIRIO DE GRANDEZA”, SEGÚN LA VERSIÓN DE ROSALÍA.

Esta obra es un bolero con letra y música original de Justo Betancourt (1968).

En la obra literaria el narrador está en primera persona y se lamenta de una mujer que lo ha dejado por seguir el oro. El narrador espera que la mujer algún día vuelva a buscarlo, porque él tiene autentico amor.

Rosalía canta lo que dice el narrador, pero en el video representa al personaje de la mujer; además, en esta versión se introduce una respuesta del personaje de la mujer, que es cantado en inglés con una voz de hombre; en ella la mujer le dice al hombre que es un ridículo, un delirante, y que se conforme mandándole besos por teléfono, que ella lo usará como regaliz, es decir, como planta medicinal.

La interpretación de esta obra presenta dos ideas a analizar: el amor y la soberbia.

En el video la mujer festeja, hace leña del árbol caído (del deseo y el dolor del hombre), baila alrededor del fuego, salta de alegría, pero está sola, y termina abrazando un perro, y mirando tristemente una fogata.

¿Por qué termina triste la mujer despues de festejar y vanagloriarse del deseo del hombre?

Ciñéndonos al texto de la obra, la mujer elige la riqueza antes que el amor del hombre. Para justificar esa elección responde con soberbia: no necesita el amor de este hombre, necesita que alimente su ego, y necesita riquezas.

Una interpretación ideológica dirá que la mujer no regresa porque no necesita el amor de ese hombre y necesita las riquezas, lo cual es falso, porque termina triste y sola.

Otra interpretación ideológica dirá que no existe el amor, o que es falso que este hombre tenga amor, lo cual es doblemente falso, ya que pensar que el amor no existe no se sostiene antropológicamente, y no hay nada en la obra para concluir que el hombre miente.

En la falsa alegría, en la falsa libertad, en la falsa dignidad que dan las riquezas y alimentarse del deseo de los demás, se encuentra soledad, no está el amor: por eso es un delirio de grandeza. 

Texto de la obra, según la versión de Rosalía: 

El oro pudo más que mi dolor

No tuviste compasión de mi agonía

Tú sabiendo que mi alma se moría

Con amigos entre copas te reías

La ambición, delirio de grandeza

Hizo en mí un ser martirizado

Porque estaba locamente enamorado

Mujer, yo no merezco esa bajeza

Espero con el tiempo justiciero

Que retornes buscando una ilusión de amor

Y volverás a mí, así lo espero

Así lo espero

Mujer sin corazón

 

Man, it's ridiculous

I got you so delirious

Kiss me through the phone

While I lick you just like licorice

Man, it's ridiculous

El videoclip

 

jueves, 29 de septiembre de 2022

LA GRADUACIÓN


     


     Fue una mañana nublada, probablemente, la única nublada de esa semana.

Llegué a ella con mucho café, entre medio de apuntes, luz artificial, y después de guitarrear con un compañero de casa, que se fue a dormir pidiéndome que lo imitara —quizás, porque estaba algo incrédulo de lo que iba a hacer. Ahora lo entiendo, porque, hasta las nueve de la mañana, solamente el bedel, yo, y un chico que había viajado del interior, nos habíamos tomado en serio eso de rendir la última materia.

Había un inscripto más, así que, cuando los profesores llegaron, dijeron que lo iban a esperar quince minutos. Mientras tanto, pidieron café —esos quince minutos se hicieron eternos, porque, aparentemente, tenían mucho para conversar—, y nos invitaron a esperar afuera.

Si no hubiese sido por la espera, Andrés y Juan, no me habrían visto ahí.

—¿Qué haces aquí? — me dijo Juan.

—Voy a rendir finanzas, boló —le dije en voz baja, y por la cara que puso tuve que repetirlo—. En serio te digo.

—Tas loco Luisito. Yo voy a cursarla de nuevo.

”Avisame. Vos podrías venir otra vez de oyente, y si hablás con los profes, capaz que te suman, rendís, y después te firman la libreta, como libre. Vos viste como es —después de eso se despidió.

—Bueno, vamos a ver cómo me sale esto. Gracias —le dije.

Luego lo vi a Andrés. Tuvimos una charla parecida, pero él, más optimista, me esperó hasta que nos llamaron a rendir —después de eso sé que se fue a comprar harina y huevos, y a conseguir gente para darme una paliza, pero solamente consiguió a su novia.

Cuando salí, me estaban esperando, pero como no les daba la fuerza para dejarme un enchastre, solamente me abrazaron, reímos, y nos fuimos caminando por el pasillo.

Andrés me abrazaba y le decía a los que saludaba: "se recibió con finanzas". Estaba orgulloso.

Por mis condiciones subjetivas de ese momento no quise avisarle casi a nadie. Quería hacerlo como un trámite más. ¿Por qué? Quizá porque iba hacer algo que no se hace, y me daba miedo. También tenía vergüenza de que si me iba mal todos me iban a decir: “¿ves?, esa materia no se rinde libre”, y se sumaba la ridícula vergüenza de haber desaprobado una materia por promoción —que es la manera como se aprueba esa materia—, quizás por distraerme un poco con la vida.

Lo bueno fue recibirse, y todo lo que vino después; lo malo —aunque no estoy seguro—, es que lo asumía como una carrera —contra mí, pero no por eso, menos competitiva.

miércoles, 28 de septiembre de 2022

LLUVIA Y SECRETOS



Menos mal que empezó a llover. Esta época del año puede convertirse en un verdadero fastidio, si de tanto en tanto, no cae una buena lluvia.

Con razón mis amigos ayer le daban la bienvenida a la lluvia —se expresaron muchas cosas en ese grupo de WhatsApp, y ninguna fue tan unánime, como el agradecimiento a la lluvia—: porque sin lluvia no se puede vivir .

Sin buenas lluvias no hay salud, no hay cosechas, no se llenan los diques, y, —no menos importante—no se pueden apreciar los paisajes, con los colores vivos, típicos de esta época.

Por otro lado: ¡qué envidia! ¡qué lindo ver cómo florece la naturaleza! Ojalá nosotros fuéramos así.

Me acuerdo cuando vivíamos en Cabra Corral. Para esta época la lluvia solía llegar con tormentas eléctricas. “Porque los cerros tienen uranio, Segovia”—solía decir el viejo Pérez, con la arrogancia de un verdadero ‘chamuyero’. Ojalá esa gente, que, a mi juicio, es mala, no se aprovechase de la ignorancia de la gente. Ojalá les diese vergüenza engañar. Con lo lindo que es hablar al pedo, en tono de cuento, con intenciones de entretener, o hacer pensar, pero querer hacer creer mentiras… ¡uff! Eso me saca.

Estoy mirando el techo. Estoy en cama. Me siento bien. Pero me retraigo cuando pasan cosas que no entiendo. Me pongo a pensar. Por eso me acuerdo de los estafadores, y de la lluvia. De lo primero, porque tiene que ver con lo que no entiendo; de lo segundo, porque, con lo que pasó, me di cuenta que tengo que ser más agradecido. Así que, hasta que no entienda un poco lo que pasó, no me voy a levantar.

Hasta hace un rato no estaba en condiciones de trabajar. Quería ponerme a hacer una demanda, pero casi quedé duro frente a la computadora.

Tenía dolor de cuello y de cabeza, y era tan intenso que me había decidido por ir a comprar algún remedio —alguno de venta libre.

Lejos de querer saber por qué me sentía así, quería ocultarlo, quitármelo —y con cualquier método—, para ponerme a trabajar. Pero no hizo falta comprar nada: conseguí unas píldoras gratis, y recibí una especie de curación, también gratis —por lo menos, por ahora.

Esto pasó cuando estaba yendo al kiosco. En la vereda me encontré con un vecino, de esos que —sin importar la época del año, o el momento del día—, siempre están barriendo.  Nos saludamos, y él aprovechó para ofrecerme bingos de la liga de fútbol, los cuales rechacé —porque me parece caro comprar pequeñas probabilidades.

Todo estaba listo para seguir, ya que no soy de esos que se andan victimizando, pero se me ocurrió contarle de mi dolor.

—¿Qué podría tomar para el dolor de cabeza? Me duele, sobre todo cuando muevo hacia la izquierda —le dije.

—¿Te duele solo la cabeza, o también el cuello? —me preguntó.

—Me duele también un poco el cuello. Sobre todo, cuando doblo. Y me suena. No sé. Siento como un crujido en el cuello

—Ah… ya. ¿Querés que te revise? —en ese momento mi cara debió ser de asombro, porque continuó— ¡Nooo! No tengas miedo Luisito. Mirá. Yo soy terapeuta, ya no ejerzo, pero trabajé con los changos de Central, y con los changos de mi club. Siempre me encargué de los golpes, torceduras y dolores.

‘Vení. Pasá.

 En ese momento no sabía cómo decirle que no. “Recién zafé de caer en la timba, y ahora estoy a punto de caer en el curanderismo”—pensé.

Una vez adentro, me invitó a tomar asiento, y pegó un grito para avisarle a su mujer no sé qué cosa sobre el perro, y para contarle que yo estaba ahí.

—Es Luisito, vieja. Le duele la cabeza. Lo voy a curar —gritó.

La señora de mi vecino me saludó desde el fondo, estaba con su mamá haciendo algo de jardinería, con lo cual me di cuenta, que, aparte de la viejita —la suegra de mi vecino—, todos en esa casa colaboran con el jardín.

Mientras permanecía sentado, mi vecino sacó una caja de plástico de los estantes del comedor, y de adentro de esa caja sacó un pedazo de madera con un piolín. Me dio un poco de miedo. Pero ya estaba resignado. 

“Seguramente va a darme un par de masajes en el cuello, y listo. Después voy a tener que confiar en los fármacos autorizados”— pensé. Aunque, finalmente, ni él me hizo masajes, ni yo utilicé ningún fármaco.

Mi vecino se puso detrás de mí, y con la madera y el piolín empezó a medir algo entre mi cuello y mi cabeza.

—Relajate Luisito. Estas con miedo, yo te voy a ayudar —y unos segundos después—. Listo. Ahora mové los brazos, el cuello, la cabeza, ¿duele algo?

En ese instante —ahora que lo pienso— estuve cien por ciento recuperado, pero le dije:

—Bien, bien. Me siento mucho mejor. ¿Qué fue lo que me hizo?

—Es secreto Luisito. Lo importante es que vas a estar bien. Si querés, para más seguridad, más tarde tomate un Tafirol —buscó otra vez en esos estantes del comedor, sacó un par de píldoras, y me las dio.

Al despedirme, me comentó que en el club de fútbol había recuperado muchos changos, que obviamente con los golpes no hay secretos, pero que, si se trataba de miedos o estrés, tenía este método.

viernes, 22 de julio de 2022

DESDE EL TIEMPO Y NINGUN LUGAR

La señora Tapia fue mi clienta en un juicio de extinción de condominio. Cuando ese juicio finalizó, intenté negociar con el otro condómino para comprar todo el inmueble, pero no tuve éxito; los condóminos tampoco querían aceptar ofertas de terceros, y no parecía conveniente para ninguno pedir una subasta (y esas eran las únicas opciones legales en ese momento), así que el asunto quedó sin resolverse (con una gran insatisfacción y angustia para mi clienta).

Un tiempo después entró en vigencia una nueva ley que reintroduce la licitación como forma de extinguir un condominio. Por lo cual, luego de estudiar el tema, advertí que podía ofrecerle esta opción a mi clienta, y estaba convencido de que aceptaría, porque su voluntad era adquirir el cien por cien de un inmueble que había pertenecido a un hermano.

Durante la feria de invierno estudié este tema, y planifiqué llamarla el primer día que volviese a trabajar, y así lo hice.

La señora Tapia estaba casi sorda, por eso cuando llamé a su casa, hablé con una nieta que tenía conocimiento de este asunto. Le expliqué que quería ofrecerle esta opción y que de esta forma iba a poder adquirir todo el inmueble, pero ella me contestó:

—Luis, mi abuela falleció hoy, a la mañana —y luego de un breve silencio, agregó—. Debe ser que ella te estuvo iluminando para que nos llames, ¿cómo sería, ahora, hacer esa cosa? ¿Quién lo puede hacer?

A continuación, mientras yo no podía dejar de mencionar mi asombro, mis condolencias y disculpas (por la inoportuna llamada), la nieta expresó que entendía la situación, y que no tenía de qué preocuparme, porque seguramente su madre iba a hacer lo que le indicaba, ya que era el deseo de su abuela, y por eso, no le extrañaba mi llamada.

Al día siguiente, incrédulo de la situación, busqué el aviso en los obituarios y en redes sociales.

Unos días después, en mis papeles de trabajo, una idea, de un tiempo trascendente, se empezó a concretar.

 

martes, 30 de diciembre de 2014

IDENTIDAD.

El fin de año me destinó a trabajar en un caso de derecho a la Identidad y como todo fin de año, los inevitables balances de experiencias vinieron a mí.

Fue una extraña sensación que primero no sabía cómo interpretar pero que luego relacioné con algo que me pasaba.

Todo comenzó con la elaboración de un recurso judicial, porque tuve que estudiar diferentes aspectos de este derecho para justificar las pretensiones de mi representada.

Aprendí por eso, que la identidad se constituye con un componente estático, conocido como la identidad genética, constituida por el patrimonio genético heredado de los progenitores biológicos, y un componente dinámico, que se forma con aspectos adquiridos como seres sociales que somos, y que podríamos llamarla identidad cultural, étnica, social, psicológica, etc.

Lo dinámico de la identidad fue lo que más me hizo pensar, porque al intentar justificar los derechos de mi clienta, recordaba cosas de mi propia vida. Cosas que había, escuchado, visto, gente con la que me había rodeado, lugares en los que había vivido,  y me daba cuenta de que formaban parte de mi identidad. Advertía que muchas de esas cosas, algunas más presentes y otras no tanto, son la causa de lo que quiero y de lo que no quiero ser. Son el justificativo al derecho a la autodeterminación de la identidad. Responden a preguntas existenciales.

Charlé con un amigo sobre la importancia de este aspecto y concluí que muchos de los que conocíamos estaban teniendo problemas de identidad.  Buscaban su identidad, renegaban de su identidad. Algunos no tenían problemas con su identidad, pero se encontraban en un momento en que los otros tenían problemas con ella.

Fue raro sentir eso. Porque en el balance de este año pasaron tantas cosas que yo hoy en el final no me siento igual a cuando lo comencé. Relaciones con personas, cosas y lugares transformaron mis modos de ser, estar, tener y hacer en el mundo.

domingo, 20 de julio de 2014

LOS ESPEJOS SIN LUZ









El día que instalaron los espejos en los baños de la oficina me di cuenta que iba poder salir de mi casa sin hacerme el nudo de la corbata. Desde entonces, llevé la corbata en el maletín.

No recuerdo en qué momento fue, pero un día llegué, y mientras estaba armando el nudo, me miré en el espejo, y me vi feo. Esa vez me observé por un largo rato. Intenté ver si el espejo estaba sucio o roto, sin llegar a una conclusión.

Al principio no le di importancia, porque durante el día podía mirarme en decenas de otros espejos. Hasta que un día una compañera me preguntó a qué se debía mi cara triste, y no le supe contestar. Yo no me sentía así. Negué sus acusaciones, pero fue inquietante. Esa vez entré a los baños de la oficina, ensayé algunas sonrisas, pero salí decepcionado, y en esa semana, todo me aludió a espejos.

Comencé a investigar. Acudí a sitios de rápida sabiduría. Constaté que nunca fueron simples objetos, porque estaban llenos de historias (mitologías, supersticiones, etc.). Por ejemplo, supe que a la imagen que reflejan se la ha identificado con el alma (de ahí que se diga que los vampiros, cuerpos sin alma, no se reflejan); también que se solían cubrir los espejos de una casa en los momentos previos al desenlace fatal de un moribundo (se decía que el alma del agonizante podía quedar encerrada en ellos); incluso, que fueron objetos tan extraños y valiosos que estuvieron entre los primeros intercambios que hicieron españoles e indios.

Después de esa semana tuve rechazo a los espejos, a todos; ni siquiera quería usarlos para peinarme. Consulté con amigos, pero a nadie le interesaba este tema. Hasta que un día, harto de mendigar opiniones, el portero del edificio me devolvió la ilusión. 

—Oiga —me dijo— si el espejo no está roto, ni sucio, solo quedan dos posibilidades: que usted sea como esos espejos lo muestran, o que, a esos espejos le falte luz. Porque los espejos sin luz no pueden reflejarnos —concluyó.

—Entonces soy feo nomás— le dije, haciéndome el gracioso. Pero él me miró decepcionado, y agregó:

—¿Sabe de qué luz estamos hablando? No es solo la luz física que sale de las lámparas, pero tampoco nada metafísico que se quiera imaginar. Me refiero a la luz como idea. ¿vio cuando dicen: “tal investigación hecho luz sobre tal tema”? No es porque alguien literalmente haya prendido una lámpara. Sino porque alguien ha sabido relacionar distintas evidencias para explicar otras. Unir, limitar, o enfrentar también. Le llaman luz, pero luz como idea. Por eso le digo: los espejos sin luz no pueden reflejarnos.

 

 

 

 

 

 

lunes, 3 de febrero de 2014

LA VIDA SIN SAL Y SIN AZÚCAR.

Empecé a andar por este camino por pura casualidad; pues, descubrí que la única forma que tenía de bajar esa barriga que se mantenía inmutable ante el ejercicio y las dietas, era dejar un poco la sal y el azúcar.

Al principio pensaba que con solo un poco alcanzaba, y mi objetivo no era dejar de consumirlas; entonces, le agregaba solo menos cantidad a las comidas, pero el sabor no me convencía. Menos sazonadores me generaban un desequilibrio en el paladar, una sensación de estar buscando sabores sabiendo que no los iba a encontrar. Así que decidí probar comer por completo las comidas sin sal y sin azúcar.

Cuando probé la carne sin sal, pensé: “ahora soy un verdadero carnívoro”. Sentí el gusto de la carne de novillo como nunca lo había sentido; el sabor era amargo, se sentía la sangre, y eso me hizo pensar. ¿Nuestros antepasados sentirían que la carne era un manjar, o esto fue después de agregarle sal? Hasta me imaginé siendo un cavernícola, y arrastrando un animal a mi cueva. Sangre, era la palabra clave.

El arroz me pareció pastoso. Me di cuenta que era un verdadero cereal, que venía de una planta, y que el sabor salado no tenía nada que ver con él.

Con mucha naturalidad tomé mates cebados, probé galletas, comí frutas y verduras, y todo me pareció rico. Claro, pensé: “estas cosas ya tienen sales o azúcar incorporada, las frutas sobre todo”.

Fue raro desayunar y tomar mate cocido sin azúcar, eso de cocer el mate es distinto a tomarlo cebado; le agregué leche, y fue más raro todavía.

Al café sin azúcar ya lo había probado. Una vez quería imitar a un profesor que lo tomaba amargo y que me decía: “el café con azúcar, es como tomar agua caliente”. El pensamiento que surgió, fue: “el café es más rico si no lo queman; amargo, no significa quemado”. 

                                                                                                       Continuará...