Los casos del zorro: fábulas campesinas de Salta
Juan Carlos Dávalos
"El Ateneo", P. García, 1925 - 163 páginas
Los casos del zorro: fábulas campesinas de Salta
Juan Carlos Dávalos
"El Ateneo", P. García, 1925 - 163 páginas
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Juan llega al bar temprano y se sienta en una mesa
al lado del ventanal que tiene vista a la calle.
Me parece que vine varias veces a reuniones
laborales aquí, incluso a una cita, piensa.
¿Cómo se llamaba?, piensa.
Victoria, creo. Y también a una reunión política,
piensa.
Un bar del centro habría sido mejor, piensa.
Pero bueno, se nota la visión de alguien que vive cerca
de un corredor turístico; si yo viviera por aquí también aprovecharía de estos bares
y restaurantes, porque objetivamente son más tranquilos, limpios, y ordenados; la
belleza debe tener algo que ver con el orden, con las proporciones, piensa; qué
buena vida sería si viviera por aquí, piensa.
Esta zona también debe estar llena de gimnasios
caros, piensa; porque ve la gente que corre por los canteros de la avenida y
recuerda que unas cuadras antes había visto un gimnasio todo vidriado, donde la
gente corría sobre cintas, y piensa si la gente del gimnasio no cruzará miradas
con la gente que corre por los canteros, y si no sentirán vergüenza, o si serán
indiferentes ante la mirada de los demás, porque te ven corriendo en vidrieras,
expuestos, piensa.
En ese instante ve que Sofia sube por las
escaleras, y no puede creer que llegó a las ocho de la mañana, como habían
quedado, y le dice al mozo que se acerca a tomarle el pedido, que espere,
porque todavía no va ordenar, que va esperar que su amiga vea la carta; y el
mozo no alcanza a responderle, pero ve que Sofia entra, y que saluda a Juan, y
se da cuenta que es la chica que espera, y mientras ella se sienta les dice que
vean la carta tranquilos, que lo llamen cuando estén listos para ordenar.
—¿Pediste algo? —le pregunta Sofía, y toma la
carta del bar, como si la desconociera.
—No… Te estaba esperando. Ni siquiera vi la carta —dice
Juan.
—Gracias… —dice Sofia, como si le agradara el
gesto.
”¿Vos desayunás fuerte a la mañana?
”Yo desayuno como una glotona, así que no te
asustes —dice, para prevenir comentarios sobre ese tema.
—Normal.
”En mi casa casi siempre desayuno lo mismo, y casi
siempre desayuno en mi casa, porque soy de los que no funcionan sin café.
”No puedo salir de mi casa sin café.
”Primero café, después existo.
—¿Ah sí? ¿Y qué café tomás? ¿De cápsulas?
—¡Nooo…! —le dice Juan, como si Sofia hubiese
dicho un sacrilegio, pero rápidamente cambia los gestos.
”Tengo cafetera italiana y prensa francesa —dice
Juan, y aunque sabe que va quedar como un presumido, continúa—, y a veces muelo
café, y a veces uso el molido de bolsa, pero puro, de diferentes marcas, para
no cansarme.
—Yo no sé nada de café —le dice Sofía, como si
hubiese quedado azorada.
”En Córdoba tomaba mucho café, pero de esos que
vienen en frasco.
—¿Los instantáneos? —dice Juan.
—Sí… Pero desde que me mudé aquí, si desayuno en mi
casa, lo prepara mi mamá. Con cafetera eléctrica lo hace.
”En el negocio, si no me queda otra, me preparo café
instantáneo, pero si no, vengo a esta cafetería, y a veces pido desayunos de un
bar que está cerca del negocio.
”No soy hábil para preparar desayunos —le dice,
como si lo estuviera previniendo de algo—, ni para nada que se haga en la
cocina.
”Me despierto y tengo que hacer algo, cualquier
cosa, pero no desayunar.
”Antes, cuando estudiaba, tomaba mates, hasta que
mi compañera se levantaba y hacia algo.
”Ahora, cuando voy al gimnasio, voy sin desayunar.
—Bueno, yo también. Por eso dejé de ir —le dice
Juan, y ambos se ríen, porque saben que no es cierto.
—¿Te parece bien esta promoción? —le pregunta
Sofía, señalando en el menú una oferta para compartir, que incluye la opción de
café con leche, mate, o té; con pan de campo, mermelada de arándanos o durazno,
queso untable, y jugo exprimido de naranja.
Juan analiza la opción, y aunque sabe que va
aceptar, porque no va a contradecir a Sofia por un tema así, igualmente simula
analizar; imagina que podría disentir, que podría elegir otra cosa.
¿A esto le llama desayunar fuerte?, piensa. Porque
es lo mismo que yo desayuno todos los días; aunque claro, no todos los días
tengo mermelada de arándanos, ni pan casero, piensa.
—Está perfecto.
”Me gusta la mermelada de arándanos —le contesta.
Esta vez Sofia Morante es la primera clienta
en llegar al gimnasio.
Lleva un bolso deportivo, no deja el bolso en
un casillero, como lo harían los demás, lo lleva encima, y va directamente
hasta el final del salón.
Saca del bolso una toalla de mano, una botella
de agua, y un teléfono celular. En esa maniobra deja caer un libro, y aunque el
libro es un bien inútil para este momento, no le da importancia, y lo pone al
lado de sus otras cosas.
Mira a José, un entrenador, para que le dé
indicaciones, y aunque ya sabe que le va decir que tiene que hacer
calentamientos, espera que este se acerque y la salude.
Vamos, no tengo todo el día, piensa; pero
espera que José termine de acomodar cosas y que se acerque. Mientras tanto
revisa su celular, y mira como terminó el chat con Pedro.
Pedro es un tipo que Sofia conoció en el
gimnasio, y ahora ella lo considera su mejor amigo, entre otras cosas porque es
europeo, músico, gay, y la gente con estos enfoques le agradan.
“Salgamos mañana a la noche, tengo un amigo
dueño de un restaurante que te quiero presentar”, dice el mensaje de Pedro.
Sofia piensa qué contestarle, porque cree que
es muy temprano para aceptar; duda si al terminar el día laboral tendrá ganas,
porque si bien quiere conocer gente nueva, candidatos, en este momento no le
gusta nadie.
“Dame hasta media tarde que te confirmo, pero
casi seguro que sí”, le contesta.
Luego se acerca José y la saluda con un beso.
—¿Te caíste de la cama? —le pregunta José,
haciendo alusión a que no es habitual que llegue tan temprano.
—Sí —dice Sofia, y piensa si se le nota la
cara de sueño, o si está dando alguna impresión de ansiedad o de preocupación,
porque lo va a negar en caso de que le pregunten, pero José se limita a
indicarle los calentamientos y la serie de los primeros cuatro ejercicios.
Sofia toma mancuernas y las levanta hasta la
altura de los hombros, y escucha que una compañera le está diciendo que el
profesor está bueno, que va estudiar para sacarse un diez, o que mejor va
desaprobar así lo puedo ver más tiempo, y ella le dice que se calle, que no la
deja escuchar lo que dice.
—Ya hice hombros —le dice a José, sabiendo que
este la mira con altura cuando le pide que le recuerde indicaciones, y que le
molesta que no retenga indicaciones, pero no se va enojar, piensa; y le gusta
molestarlo.
—Glúteos —le dice José, a secas, y la mira
serio, mientras Sofia se le ríe.
¿Y qué será la vida de la loca esa? No me
escribió más, piensa. Parece que le debe ir bien, porque nada le costaba, era
aplicada hasta para salir de fiesta, piensa.
Veinte minutos después llega Juan Moreira.
Durante ese lapso en el gimnasio ya hay más de
diez personas.
Juan saluda a los entrenadores, observa al
resto de la gente, y se dirige a un espacio cercano a Sofia.
Hace tiempo que Juan busca acercarse a Sofia,
porque le gusta, pero hasta el momento nunca pudo concretar más que saludos, y
a veces ni eso; Sofia no conversa con nadie; solamente conversaba con Pedro,
pero este dejó de ir a entrenar durante la mañana.
Juan termina de calentar y espera que José se
acerque. En ese momento ve el libro que Sofia dejó afuera del bolso, pero no
sabe que le pertenece. Quiere leer el título, pero no puede porque está
cubierto por el celular, solo ve una figura humana, sin rostro.
Unos minutos más tarde, mientras entrena, se da
cuenta que el libro es de Sofia cuando ella se acerca a revisar el celular.
En esta época, en los gimnasios, como casi en
cualquier lugar, la gente revisa constantemente el celular. Juan sabe eso, y él
también lo hace, pero, ¿hacerlo en el gimnasio? Este tema lo irrita. Piensa que
es por un criterio racional, pero prefiere olvidar que adquirió esta idea
higiénica despues de que una chica lo reprendiera porque él le escribía
mientras estaba en el gimnasio. Desde ese momento, todas las actitudes con el
celular en el gimnasio le parecen mal.
Hoy una chica atendió una llamada, y parloteó
como media hora en voz alta; hoy un chico hacía una serie con pesas, y después
revisaba el celular, cuatro repeticiones, y cuatro revisiones del celular,
¿podés creer?, les decía a sus amigos.
Hoy vi una chica haciendo abdominales:
¡mientras usaba el celular!, esa era su anécdota favorita, y hacía gestos de
dolor de cabeza cuando la contaba; sin embargo, esta vez no puede parar de
mirar a Sofia.
La mira embelesado; elige creer que podrían
tener algo en común, y no recuerda su prejuicio higiénico, solamente intenta no
quedar como un baboso, que no se dé cuenta, piensa
Piensa que podría hacerle preguntas sobre el
libro, que sería un buen rompehielos, pero no sabe cómo hacerlo, Sofia no lo
mira.
Espera que haya un cruce de miradas, que surja
alguna pregunta sobre mancuernas, colchonetas, desea que intervenga el
entrenador haciendo algún comentario y él pueda sumarse, pero no sucede nada.
Así que, cuando Sofia termina su entrenamiento y recoge sus cosas para
marcharse, piensa que ya perdió la oportunidad, y sigue enfocado en el
entrenamiento.
Después de unos quince minutos, Juan también termina
su rutina, y empieza a marcharse, pero cuando pasa por los vestuarios casi
choca contra Sofia, que sale de las duchas.
—Perdón —le dice Juan, y ve que ella le
sonríe. Intenta seguir su camino, pero la ve tan bonita con su pelo mojado y oscurecido,
que en cuestión de microsegundos, piensa: es ahora.
—Vi que tenías un libro. ¿Qué estás leyendo? —le
pregunta Juan.
—Sí, es un libro de... —ella le menciona el
nombre del autor, pero Juan lo olvida al instante.
—Ah... ¿de dónde es el autor? —pregunta Juan.
—Es... —Sofia tiene que pensar la respuesta—
norteamericano creo, no sé muy bien —le dice Sofia, con gesto de resignación.
—Ah... ¿Es novela romántica? —le pregunta
Juan, y antes que ella le conteste piensa que esa será su última pregunta,
porque ya no sabe que más decir.
—No. Es un libro sobre regresiones, vidas
pasadas —responde Sofia, con la lentitud de quien no sabe cómo categorizar lo
que lee, pero si sabe su utilidad.
—Ah... espiritualidad, autoayuda… —dice Juan,
y Sofia asiente con sonrisa de compromiso, pero ya no le contesta— Bueno,
después contame si te gustó, que estés bien —finaliza Juan.
—Dale, vos también —le dice Sofia, y se despiden.
Juan camina para volver a su casa, se siente
alegre, y tonto; sabe que los momentos más felices de sus días son cuando la ve
en el gimnasio, y le parece tan ridículo, le da vergüenza, porque siempre se
entusiasma con alguien, pero así también la pierde.
Nunca hay una razón para que me guste alguien,
simplemente me gustan, pero el tema es saber hablarle, piensa; ojalá pudiera
hablar de cualquier tema, sin que sea algo interesante, o inteligente, así como
hacen los demás, piensa.
Vidas pasadas, vidas pasadas, piensa, porque yo
no creo en la reencarnación, y aunque ya se que la gente lee esa literatura
cada vez más, me sorprende que Sofia lo haga. Cuando era indiferente a las
creencias espirituales y religiosas, sí, que se yo, tampoco soy un fanático, pero
las creencias son relevantes.
Sobre todo porque creer en astrología, en
supersticiones, en indigenismos, no es lo mismo que tener religión, piensa;
creer un poco en todo, sin compromiso ni coherencia, es para andar a los tumbos
por la vida, piensa.
Juan quiere hacerse un perfil de Sofia; piensa
que por alguna razón debe leer esa literatura, porque le parece un nivel
avanzado de creencias; pero casi nadie se levanta a las seis treinta de la
mañana para entrenar, salvo la gente comprometida con el cuerpo y llena de
ocupaciones, y eso es muy católico, piensa; e intenta recordar la portada del libro
para buscarlo en internet, pero el nombre del autor no le suena, y no encuentra
nada, y entonces navega por la aplicación de mensajes, luego vuelve a buscar
libros de autoayuda, espiritualidad, pero las portadas le resultan parecidas, entonces
abre los periódicos, redes sociales, y así llega a su casa.
Mientras tanto Sofia sigue conduciendo su
automóvil y chequea si tiene mensajes en el celular, porque en el primer
semáforo del camino le escribió a su madre para consultar si la esperaba a
desayunar.
Si no me contesta en un minuto voy directo al
negocio, piensa; y se pregunta si no viene haciendo eso bastante seguido, y si
por eso no estará dando la impresión de estar demasiado comprometida con el
negocio; si los empleados se preguntarán que desconfía de ellos; si en realidad
no están esperando que venda el negocio; si es hora de cambiar de abogado,
porque el viejo no le gusta, aunque haya sido amigo de su padre; si se hará
realidad la prevención de que los trámites sucesorios duran mucho tiempo; pero busca
tranquilizarse pensando que su papá haría esto, resolver este tema, ocuparse de
todo, seguir adelante, y piensa que no puede desatenderlo, y se angustia, pero
recuerda que juró que no iba a llorar, aunque tenga que mantener la apariencia
de que todo es momentáneo; porque algún día la gente se va cansar de preguntar
si va a retomar los estudios, si va a volver a Córdoba, si seguirá el camino
que parecía destinado para ella.
Quizás sea momento de anunciar que la cosa se
va a poner aún más seria, piensa; porque no creo que algo vaya a cambiar,
probablemente sea lo que haga toda la vida, piensa: atender proveedores, ir al
contador, ir al banco, atender al público, visitar abogados.
Y con el tiempo podré reconocer una pieza de
ferretería a metros de distancia, piensa; mientras conduce su auto, y suspira,
y quiere dejar de pensar.
Esta
vieja ya no me va contestar, y voy a tener que ir a desayunar al negocio,
piensa.