sábado, 9 de mayo de 2026

El pájaro y las sábanas blancas.

Hay un pájaro que nunca pude identificar, que defeca sobre mis sábanas blancas cuando las cuelgo en el ténder de mi patio.

Resulta paradójico que este suceso me obligue a pensar en una ruptura con la naturaleza que a la vez me impide la manipulación de mis cosas. No comprendo por qué lo hace.

Por otro lado, me surgió la intriga de saber por qué solamente ataca las sábanas. Lo imagino en vuelo rasante y disparando sus proyectiles con gran precisión, aunque también podría asentarse y hacerlo tranquilamente. Me pregunto si será siempre el mismo pájaro.

Aunque mi patio no tiene ningún valor agropecuario, hortícola o frutícola —peor aún, es un juntadero de paltas que caen de un árbol vecino, y me cuesta cortar el césped, podar las rosas, sacar las malezas y, sobre todo, limpiar los excrementos de Jacynta—, su inutilidad económica se redime por su enorme valor antropológico: allí hago los asados cuando me junto con amigos, y es la condición que me permite tener una perra, aunque me queje de que básicamente se lo haya apropiado.

En esta época de frío el patio perdió su valor ceremonial, y solo sirve para la rebelión de Jacynta, ya que la veo excavar pozos y revolcarse.

Graciosamente, tuve que ubicar las sábanas blancas en el barral de las cortinas de la ducha para que, con un poco más de tiempo, pero de manera segura, se puedan secar. De la misma manera, y por las dudas, ya no se me ocurre colgar ninguna camisa fina o ropa blanca en el patio. Sin embargo, las otras prendas, como sábanas oscuras o ropa de color, sí las puedo colgar. Por una extraña selectividad, a esa ropa el pájaro no le hace nada. Es una constatación que me lleva a concluir que una criatura tan nimia, incapaz de representar una amenaza física, me ha disputado el territorio y ha doblegado mi voluntad.

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